Entre la soberbia y la candidez

Entre la soberbia y la candidez

Septiembre 03, 2017 - 06:40 a.m. Por: Pedro Medellín

Finalmente, las Farc han lanzado su partido político. Y lo han hecho en el momento en que los partidos políticos se disuelven entre la corrupción y el inmovilismo; en que sus dirigentes son señalados por su carencia ideológica y su incapacidad para representar a alguien; en que los ciudadanos los desprecian por haberse convertido en voraces máquinas electorales al servicio de intereses oscuros; y en que los burócratas que sacaron provecho de ellos tratan de encontrar algún paraguas que les permita reelegirse como intermediarios de favores, porque saben que no dan para más.

Más allá de los incumplimientos de los Acuerdos, las Farc llegan a la arena política en un momento en que no habrá necesidad de “profundizar las contradicciones del régimen”, porque esas ya son profundas. El descuelgue incontenible del presidencialismo no puede tener mejor ilustración: 36 precandidatos a la Presidencia. La política se ha degradado de tal manera, que hoy cualquiera cree que puede serlo. Ni en las épocas en que había 72 partidos formalmente registrados, los colombianos habían visto más de seis aspirantes al sillón presidencial.

Qué paradoja. Precisamente en este cuadro, las Farc y el Centro Democrático son las únicas agrupaciones cuyos dirigentes creen genuinamente en los partidos políticos como base de los regímenes democráticos. Y hacen lo posible porque sus bases se comporten como lo que son: una organización al servicio de la causa de llegar al poder.

Más paradójico resulta todavía, que hayan llegado a la misma convicción por vías tan distintas. Para las Farc, desde la lucha armada, porque ‘Timochenko’ y sus demás compañeros de la dirección, son conscientes de que es la única forma organizada sobre la que pueden sobrevivir en una democracia.

Y para el Centro Democrático, desde la lucha electoral, porque después de ocho años de Presidencia, Uribe ha entendido que sin partido político, y sin ideología definida ni agenda de trabajo en las regiones, no es posible construir y ofrecer alguna alternativa política viable y permanente a los ciudadanos.

Una y otro tienen la ventaja de mantener en sus organizaciones férreos esquemas de dirección política y un sistema de accesos y controles que hacen valer. Por eso funcionan. Y en su acción política, tienen claro que su supervivencia es posible en la medida en que se mantenga como alternativa de poder político.

Pero la diferencia va a estar en el terreno de juego. Las Farc llegan a la disputa electoral con un sistema en que los votantes están controlados por unos intermediarios de favores que sólo los movilizan previo pago de dinero, y en el que la obtención de la mayoría en las urnas depende de las cuotas burocráticas o del manejo de la Registraduría en los territorios. Y entrar a la deliberación política en el Congreso (y seguro en las Asambleas y Concejos), en donde una cosa es lo que se discute y acuerda sobre los proyectos de Ley (las Ordenanzas, los Acuerdos), y otra más distinta lo que finalmente queda redactado en las leyes.

Allí el Centro Democrático ya sabe moverse. Y sobre todo, tiene claro que en la política colombiana hay dos principios básicos: 1) Que una cosa es lo que se dice y otra la que se hace; y 2) que en política no se puede tener la soberbia de creer que todo lo va a ganar, ni la candidez de que todo lo va a cambiar.

Y en esto último, sin duda, es lo que más trabajo le costará a las Farc. Dejar la soberbia que están mostrando al comportarse como si fuera un ejército victorioso, que no lo es; y la candidez que están dejando ver al creer que con sus actuaciones van a doblegar y cambiar el sistema, que no va a cambiar.

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