El país de la desmesura

Julio 25, 2016 - 12:00 a.m. Por: Pedro Medellín

Hoy hace 22 años se publicaba en los diarios, uno de los más impactantes discursos de Gabriel García Márquez. Bajo el título de ‘Un país al alcance de los niños’, escrito a propósito de la entrega del Informe de la Misión de Sabios, el Nobel hacía la más precisa descripción de lo que somos los colombianos. Era 1994. Vivíamos el júbilo de la nueva Constitución. El país aplaudía la paz que venía con la firma de los Acuerdos con el M-19, a los que seguiría la reforma democrática, la apertura económica y la descentralización política. Los nombres de Gaviria, Santos, De la Calle, Navarro, Pardo o Cepeda, eran proclamados como los portadores del cambio. Sin embargo, con su discurso García Márquez nos aterrizaba a la realidad. En medio del júbilo, dibujaba con precisión los rasgos que caracterizan a los colombianos: “Dos dones naturales nos han ayudado a suplir los vacíos de nuestra condición cultural y social, y a buscar a tientas nuestra identidad. Uno es el don de la creatividad, expresión superior de la inteligencia humana. El otro es una arrasadora determinación de ascenso personal. Ambos, ayudados por una astucia casi sobrenatural, y tan útil para el bien como para el mal…” Eran los rasgos que han regido la elaboración de las leyes, el desarrollo de los negocios, o la vida familiar. Cada quien empujando proyectos impensados, pero con un arribismo que no deja ver la complejidad ni continuidad de la tarea. Pero a la creatividad no le seguía el trabajo perseverante, así como al espíritu de ascenso personal tampoco le interesó la defensa de lo público. Son los rasgos que nos hacen saber que, como escribe el nobel, “Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan. Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos... Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos, sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita”.Han pasado dos décadas y los problemas, como los nombres, siguen siendo los mismos. Antes que la paz, la guerra sigue imponiendo su régimen de terror, con masacres y atropellos no conocidos; la reforma democrática, sigue aplazada por la incapacidad del sistema para abrirse; la apertura económica ya traducida en un desbalance que hoy nos tiene pagando más de lo que producimos; y la descentralización no quedó más que en una invocación democratera. Y mientras todo se decide en Bogotá, en el resto del país siguen grandes porciones del territorio sin la atención ni la presencia del Estado. Hoy, dos décadas después, estamos con los mismos nombres y los mismos argumentos. Esperando que tras los acuerdos con las Farc venga la paz y la prosperidad prometida. Y unos forzados a decidir por el sí a la paz, con la seguridad de que opten por esta vía serán acusados de entregar el país; así como a los que voten por el no se les considerará como promotores de la guerra. Todo porque no hay términos medios. Porque, como dice Gabo, “Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los creamos. Somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos, y trabajadores encarnizados, pero nos enloquece la sola idea del dinero fácil. Tenemos en el mismo corazón la misma cantidad de rencor político y de olvido histórico”. Es la insignia que marcará el futuro en las próximas dos décadas en las que seguramente estaremos celebrando el fin del conflicto con el ELN y ansiando la paz prometida desde 1991.

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