El gabinete de Santos

Abril 25, 2016 - 12:00 a.m. Por: Pedro Medellín

Finalmente, la situación obligó al presidente Santos a tomar una decisión que había aplazado durante mucho tiempo: el cambio de ministros. La inesperada salida de la que fue considerada como su mano derecha, lo puso ante la necesidad de un cambio del equipo de gobierno.Tres razones justifican la decisión. Primero, se trata de un equipo que del agotamiento ya había entrado en un proceso de recalentamiento que debilitaba aún más la gestión presidencial. Con dos o tres excepciones, los ministros se mostraban cansados, repetitivos y sin conexión con los problemas territoriales. Sus incontables viajes, la agitada agenda de trabajo…Segundo, el gabinete se había desconectado por completo. Ya no de la realidad territorial, sino -lo más grave- de las exigencias del trabajo coordinado y con resultados como debía ser. Los ministros cada vez más se mostraban consumidos por la selva de los procedimientos internos de sus despachos o por las múltiples disputas en las que se han enfrascado con el sector privado. Y finalmente, estábamos frente a un equipo de gobierno que había perdido la agenda estratégica de trabajo. La doble coincidencia de la excesiva concentración de Santos en el tema de la paz y el hueco fiscal que el encargado de las finanzas le había escondido al país, dejaron a los ministros sin un norte definido y acosados por un ajuste presupuestal de proporciones. Sin plata y un proyecto político que justifique su acción, el gobierno Santos terminó reducido al activismo que tocaba muchos frentes y ninguno a la vez.Mientras el gobierno se dislocaba, los problemas fueron adquiriendo una magnitud de proporciones. El Ministro de Minas y Energía, se revelaba incapaz de contener la crisis energética que desde hace más de un año le estaban anunciando; en Justicia el desorden en la política carcelaria y el paro judicial se mantenían como los principales rasgos de los problemas gubernamentales; en Interior, la urgencia de aprobar las reformas para desarrollar los acuerdos de La Habana, redujeron el margen de maniobra gubernamental para impulsar reformas muy importantes para el gobierno, sometiéndolo a la presión de votos a cambio de ‘mermelada’ abundante; en Educación las políticas no superaban los anuncios de intervención que no contribuían a mejorar la calidad del sistema; y mientras en Bienestar Social se entregaban miles de millones a intermediarios políticos o cuotas regionales, el Icbf tenía que afrontar una crisis humanitaria de grandes proporciones.; y hace unos días, el desorden en la expedición de las licencias ambientales que ni protegieron el ambiente ni permitieron el desarrollo empresarial, dejaron ver cuan débil era el sistema regulador de un bien tan estratégico como el medio ambiente. En fin, la lista de los errores y las desatenciones podría hacerse todavía más extensiva. Pero hoy eso ya es inútil. Lo cierto, es que la renuncia del María Lorena Gutiérrez le significó al gobierno, más que una crisis política, una oportunidad para replantear el equipo desde su principal cabeza: el Ministerio de la Presidencia.Frente al desafío de traducir los acuerdos de paz que se firmen en La Habana, en realidades de desarrollo que puedan ser implementadas en los territorios, Santos deberá sacrificar la composición geográfica de su gabinete. Excluir los nombres de las personas ‘inteligentísimas’, pero que solo ven el gobierno desde Bogotá, para darle un contenido absolutamente territorial. Ya comenzó con el economista vallecaucano Germán Arce en Minas; puede seguir por esa misma vía. Con ministros más cercanos de los territorios y sus gentes, Santos podrá tomar un respiro, un segundo aire que tanto necesita.

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