El fin de lo políticamente correcto

Enero 16, 2017 - 12:00 a.m. Por: Pedro Medellín

El próximo 20 de enero terminan los ocho años de gobierno que más han ilusionado al mundo. Estos días un corresponsal de El País de Madrid recordaba cómo el día en que Barack Obama tomaba posesión, una mujer negra de 78 años le decía, “Me siento tan bien. No tengo frío. Mire la gente. No ha habido nada más bello en el mundo. Créame. Mire el sol: Dios nos está mirando”. Era una de las personas que habían llegado al Parque Central de Washington, para asistir al juramento del primer negro que había llegado a ser presidente de ese país. Fue el inicio de la era de la esperanza. Una era en la que los discursos incluyentes parecían marcar el fin de las luchas raciales o la discriminación de las minorías; en que los esfuerzos por atenuar la crisis financiera o sacar adelante el ‘Obamacare’, hizo pensar que era posible un Estado intervencionista que además de redistribuir el ingreso, pudiera poner límites a la codicia de los capitalistas o por lo menos, asegurara el acceso a la salud de los más pobres; o que por su vocación pacifista, convirtiera al mundo en un lugar más tranquilo y equilibrado. Pero fueron ocho años en los que el racismo y la exclusión se hicieron sentir. Lejos de desaparecer, las diferencias se profundizaron. En el caso de los inmigrantes, los esfuerzos por resolver la situación de ilegalidad de aquellos que habían tenido hijos en los EE.UU., terminan ahogados por el bloqueo en la Corte Suprema y la acción soterrada de los congresistas demócratas que no hacen el esfuerzo suficiente para ayudar en la tarea. Y contrario a lo esperado, Obama terminó siendo el presidente que más ha deportado inmigrantes en los últimos 30 años. Cerca de tres millones de personas fueron desterradas.En lo económico, el panorama fue semejante. Pese a los miles de millones de dólares invertidos por Obama para contener la crisis, el mayor dinamismo que desató nunca se tradujo en una mejor condición de los más pobres. De los 12 millones de empleos que creó, muchos fueron cuestionados por su precariedad. Al final, la brecha en los salarios entre las familias blancas y las familias negras antes que cerrarse, aumentó. Y aun cuando el Obamacare permitió que más de 20 millones de personas tuvieran acceso al sistema de salud, los datos oficiales muestran que todavía más de 29 millones están por fuera del sistema.Y, finalmente, aunque sus intentos por parar las guerras terminaron absorbidos por mayores tensiones que lo llevaron a mantener bombardeos o continuar con operaciones militares que cuando no significaron pérdidas de vidas, condujeron a prácticas que por lo menos en los discursos (y en la esperanza del mundo) estaban proscritos. Obama sacó ejércitos de Irak y Afganistán pero ordenó los bombardeos con drones. Hoy ni el mundo es más seguro, ni la paz está garantizada por un sistema más equilibrado.Al final de estos ocho años, el cúmulo de esperanza ha desaparecido. Muchas de las ilusiones han quedado enterradas en los discursos de los políticamente correctos. Es decir, aquellos que ofrecen un mundo de justicia y felicidad pero en realidad no hacen otra cosa que mantener un status quo de exclusión, desigualdad y conflicto, que solo sirven para que los sistemas de partidos y los grupos de presión social y empresarial se mantengan en los centros de poder. Quizá por eso Obama hizo todos los esfuerzos por construir ese mundo pero su tarea se quedó a mitad de camino. Porque seguramente ese mundo que ofrecía, implicaba un cambio en los centros de poder. Y sus líderes están dispuestos a repetir el discurso pero no a asumir la tarea. Porque ella significa que sean otros los que ocupen su lugar. Por eso no logró el control demócrata del Congreso, ni construir un partido que pudiera ganar las elecciones que garantizaran la continuidad de la tarea.

VER COMENTARIOS
Columnistas