De la polarización a la división

De la polarización a la división

Abril 22, 2018 - 06:45 a.m. Por: Pedro Medellín

Colombia avanza firme hacia el despeñadero. Sólo que ahora lo hace de la mano de los candidatos presidenciales.

Unos más que otros, pero todos contribuyendo. La razón es sencilla. Por estar empeñados en ganar el voto de los electores, no están midiendo bien lo que dicen, ni cómo actúan. Por vencer a sus competidores, antes que procurar las virtudes de su propuesta, los candidatos se esfuerzan más por demostrar las debilidades del otro, sean ciertas o no.

Así, ruidosamente los candidatos están llevando al país de la polarización, a una división que se expresa a través de formas violentas que crecen y que había tenido sus primeras expresiones en el Valle, Quindío y Norte de Santander. Las agresiones de las que fueron víctimas algunos candidatos, cuando el miércoles pasado ingresaban al recinto en que se realizaría un debate en Manizales, revelan que ya no se trata de un repudio a la participación de las Farc, o de una agresión a un candidato por sus vínculos con el gobierno de Nicolás Maduro. Ahora estamos en medio de un clima de mayor hostilidad, propiciado por los mismos candidatos.

En medio de toda suerte de invocaciones a la paz y la concordia, los aspirantes a la Presidencia cada vez más se trenzan en graves señalamientos y acusaciones, que no hacen otra cosa que empobrecer los debates y conducirlos por el camino de las agresiones.
Eso lo que se ha venido observado en los distintos ‘debates presidenciales’. Con más o menos diferencias, los candidatos y sus seguidores han montado pequeños tinglados en las redes sociales o en los espacios de discusión en los que la deliberación democrática se degrada aceleradamente.

La primera consecuencia es que los candidatos han caído en una dinámica en la que, más que debatir, buscan atacar. Esto es, que no se trata de una discusión en la que se confrontan o controvierten argumentaciones de una u otra parte, con el propósito de que un tercero que está escuchando pueda reflexionar sobre lo dicho; sacar sus propias conclusiones y tomar la decisión de apoyar (o votar) a favor de uno u otro argumento. Más bien, con alguna excepción, los candidatos han preferido tomar el camino fácil de atacar distorsionando lo que dice el otro, malinterpretando su intención o atribuyendo a su propuesta, consecuencias malignas que no son las verdaderas.

Aquí el que pierde no sólo es el escucha (el elector), en la medida que lo lleva a una decisión equivocada, sino más allá el sistema con estos procedimientos se va degradando.

La segunda consecuencia (evidentemente la más grave) es que los candidatos, lejos de hacerle ver a sus seguidores que quienes compiten con ellos por la elección son competidores o antagonistas con los que se puede deliberar, con sus ataques mas bien los terminan mostrando como enemigos. Y en eso no tienen límites.

Además de tergiversar lo que dice, al atacarlo se busca convertirlo en culpable del posible derrumbe que sus propuestas puedan producir, de manera que la gente asimile sus posiciones con el peligro. De allí, que el siguiente paso sea muy corto. Con su señalamiento, el candidato hace que su ‘enemigo’ sea condenado por la gente, en un proceso en el que no importa la naturaleza de las pruebas, sino la fuerza condenatoria de quien las esgrime.

Es lo que la gente está viendo. Y lo que los está llevando a tomar acciones por su propia mano. Para rechazarlos o para defenderlos.
Y lo peor, es que todos estamos cayendo en semejante juego. Ya no es la polarización entre extremos que ya no pueden hablarse sin agredirse. Estamos llegando a la división, en donde cada quien hace parte de un bando enemigo. Lo dicho. Si esto no acaba rápido, Colombia va rumbo al despeñadero… de la mano de sus candidatos presidenciales.

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