Racismo y elecciones

Racismo y elecciones

Marzo 02, 2014 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

El padre de Carolina, una morena de cinco años, cabello crespo, nariz ancha e inteligencia superior, era un colombiano rico y famoso, descendiente de españoles, casado con una mulata brillante, de origen humilde, hija de negro y blanca, hecha a pulso, abogada, especializada en las mejores universidades de Europa gracias a las becas que se había ganado y quien, por sus méritos, había escalado posiciones importantes.Carolina, que tenía los rasgos de su madre, había ingresado a un colegio tradicional de Bogotá. Un día, cuando hacía fila con sus compañeras para llevar su uniforme usado de gimnasia hasta la canasta de la ropa sucia, una de ellas la empujó en el momento en que estaba a punto de colocar el suyo en su lugar, y le dijo:-¡Usted váyase, porque las negras no pueden poner ahí sus uniformes!Después de ese cruel episodio de racismo infantil, los padres de Carolina protestaron ante la directora del colegio. No obstante, la niña siguió soportando durante la primaria desplantes parecidos, sin que los frenara siquiera el que ella fuera la mejor alumna de la institución y sus padres escalaran posiciones cada vez más destacadas. Entonces, la niña se aisló de la mayoría de sus condiscípulas, pero siempre fue la más aplicada y la más brillante de todas.Esa historia, verídica, muestra dónde surge y cómo se propaga ese racismo del que da cuenta la encuesta revelada esta semana por el Centro Nacional de Consultoría, la cual dice, en resumen, que en los puestos directivos de las empresas de Colombia, hay la cuarta parte de los indígenas y la mitad de los negros y mulatos que debería haber, si se considera la proporción que en el país existe de esas razas.Y a juzgar por un artículo de Gregory Clark, profesor de economía de la Universidad de California (The New York Times, 21-2-14), el panorama, no sólo de Colombia sino del mundo, en cuanto a exclusión y movilidad social, es desolador: según él, la mejoría del status económico está determinada principalmente por los apellidos. Es más, agrega que si bien las fortunas de las familias de alta sociedad inexorablemente tienden a caer, y las de los estratos bajos a crecer, ese proceso puede tomar tres o cuatro siglos. Y concluye que así como es imposible obligar a que haya una movilidad social rápida, los gobiernos sí pueden mejorar los efectos de las injusticias heredadas.Y los padres y maestros pueden y deben luchar contra sus propios impulsos de racismo y exclusión, para que no se los transmitan a sus hijos y alumnos, les enseñen a aceptar y a valorar las diferencias y, así, un día, alguno de sus nietos, no padezca el calvario que vivió la niña Carolina.***Elecciones. Por el bien de sus hijos, de sus nietos y de ustedes mismos quienes, como yo, seguro han nacido, crecido y muchos, envejecido en esta Colombia en guerra, les ruego que en las elecciones del domingo escojan un candidato que les dé dos certezas: que sea honesto y que, cuando le corresponda votar en el Congreso, no se oponga a los acuerdos de paz, una paz tan esquiva, que se asemeja a una madeja de hilo en extremo enredada, la cual debe desanudarse de a poco, con paciencia y sabiduría, hasta lograr que el hilo atraviese fácilmente el ojo de la aguja. Y en esa tarea, el logro de la paz con la guerrilla sería un paso enorme. De modo que, por caridad, voten bien, voten por la inclusión, el progreso y el fin de la guerra. ¡Voten por la paz!

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