Racismo en casa

Enero 17, 2016 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

Es paradójico que mientras el principal acontecimiento del X Festival de Música de Cartagena haya sido la presentación del concierto Las Rutas de los Esclavos, dirigido por el catalán Jordi Savall, a quien la Unesco le encargó que contara a través de la música la historia del tráfico de esclavos entre África, Europa y América desde el Siglo XV hasta el XIX, escucháramos en el marco del mismo festival las agudas observaciones sobre la existencia del racismo en el país y, particularmente, en Cartagena, hechas por la exministra de Cultura Paula Marcela Moreno, a quien, como mujer de color, le ha tocado soportar cada rato manifestaciones de discriminación y de exclusión.En efecto, mientras los asistentes, -elegantes y blancos en su totalidad, me atrevería a decir-, que colmaban el teatro Adolfo Mejía, aplaudían con entusiasmo el retrato del horror de los padecimientos a los que los europeos sometían a los esclavos, dibujado con asombrosa calidad artística por los músicos de todas las razas, provenientes de Mali, Madagascar, Brasil, México y España, los negros de Cartagena seguían sintiendo, como lo dijo la exministra, que no eran bienvenidos dentro del exclusivo Centro Histórico de la ciudad.Si, mientras ese elenco de artistas multirraciales hacían ese espectáculo con el que deleitaban a nuestras élites y narraban la llegada, hace casi quinientos años, de los primeros africanos a las colonias, donde perdieron su libertad y fueron explotados, castigados, torturados y sometidos con asombrosa crueldad; y mostraban las posiciones de pensadores como Montesquieu frente a la esclavitud; y recordaban a la esclava Belinda quien, en el Siglo XIX, luego de alegar que fue arrancada del seno de su familia y convertida en esclava cuando era una niña, consiguió que le concedieran una pensión en Estados Unidos; y rememoraban la vida y el asesinato de Martín Luther King, todavía hoy, por ejemplo, la exministra negra de Cultura tiene que soportar que en un restaurante le cierren la puerta en las narices o que algún huésped del exclusivo hotel Santa Clara le pregunte, al verla dentro de un ascensor, si acaso ella es una de las masajistas, como lo contó durante un conversatorio que sostuvo con el Presidente de la Andi, Bruce McMaster, y con los catedráticos de la Universidad de Harvard, Steven Seidel y James Honan.Todavía hoy, luego de escuchar esa espléndida mezcla de instrumentos (kora, valiha, oud, marimba de chonta, tiple, guitarra, viola de gamba, arpa,) que interpretaban ritmos de origen africano, brasilero, mexicano y colombiano mezclados con melodías del renacimiento, las cuales permitían por momentos que se oyeran las demoledoras narraciones sobre los crímenes que los colonizadores cometían contra los esclavos, considerados bienes muebles y tratados peor que si fueran bestias (por ejemplo, si intentaban escapar, les cortaban una oreja y los marcaban con un hierro candente), un diario capitalino publica en primera página, como gran ejemplo de superación, -cuando eso debería ser algo normal-, que un afro ha llegado a ser gerente de un ingenio azucarero.Si, aún ahora, no obstante que los asistentes al concierto aplaudieron de pie y alguno comentó, entusiasta, que se le había hecho un merecido homenaje a la raza negra, después de que hace más de un siglo se liberó a los esclavos, el racismo se sigue ejerciendo soterrada y, a veces, abiertamente, en los lugares públicos, en las escuelas y en las propias casas. Aún hoy…

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