¡Qué lección!

¡Qué lección!

Marzo 03, 2013 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

Que Benedicto XVI haya tenido el valor de renunciar, de decir, “señores, me aburrí de ser Papa, no aguanto más esta tarea, me agoté, ‘no tengo fuerzas’ para ejercerla”, es toda una lección de humanidad, de valor y de grandeza.Lo es para aquellos que viven aferrados al poder, que son adictos a él y siguen atornillados a su trono a pesar de que saben que le harían un gran bien a la comunidad si se retiran y permiten que otros ejerzan el mando.Lo es para quienes se les acabó su tiempo en que eran todopoderosos y creían que el sol dejaría de salir sin ellos, y no se resignan a que otros gobiernen y ellos comiencen a ser simples peregrinos, como dijo el Papa que lo sería en adelante.Lo es para los rebeldes que se la han pasado defendido convicciones equivocadas que los mantienen en un aparente callejón sin salida. Muchas veces he creído que lo que más complica un proceso de paz es la falta de valor de sus jefes para decirle a su gente “cometimos un error, hemos vivido equivocados, los sacrificios y las muertes de tantos no han valido la pena, queremos cambiar, escogemos un nuevo otro camino”.Es una lección para cada uno de nosotros: las mamás que no nos resignamos a que los hijos crezcan y a que ya no podamos mandarlos porque ellos son los dueños de su vida; los propietarios de empresas aferrados a sus cargos de dirección; los que sueñan con cambiar de vida pero no se atreven y acaban escogiendo sobrevivir en lo que ahora llaman la ‘zona de confort’ pues les da miedo arriesgarse a lo nuevo y rectificar el rumbo, ya que se requiere mucho más valor para decir me voy, que para seguir con una vida infeliz y mediocre.Y es una gran lección principalmente para la Iglesia: según los conocedores de sus secretos, la razón de la renuncia del Sumo Pontífice no es otra que “carezco de las fuerzas necesarias para enfrentar esta leonera”, para sobrevivir a la lucha de poderes entre el Vaticano, para soportar las presiones de quienes se oponen a que la Iglesia reconozca sus pecados y se castigue con cárcel a los curas responsables de pederastia, para derrotar al ala del clero partidaria del tapen, tapen, tapen.Con su valiente renuncia, el Papa humanizó su papel, se mostró como un ser humano que tiene debilidades, hizo recordar a ese Cristo humano que en la Cruz clamó “¡Padre, por qué me has abandonado!”, impregnó de humanidad a la Iglesia, una institución antes invulnerable, intocable, inaccesible, ajena a las necesidades de los hombres y de las mujeres, e invitó a sus miembros a que se desnuden, miren sus faltas, las reconozcan y se aproximen a su realidad y a la del mundo de hoy.Seguro cuando el Papa se despidió de sus fieles con unas sencillas palabras, “gracias y buenas noches”, pronunciadas con una apacible sonrisa dibujada en su rostro, y se ocultó tras el enorme portón de Castel Gandolfo que cerró las puertas de su papado para siempre, no sólo creció como ser humano sino que respiró en paz y con alivio.Ojalá su renuncia ponga a pensar a la Iglesia, la lleve a verse como una institución compuesta por seres humanos que fallan, la mueva a aceptar sus errores y la haga elegir a un Papa del estilo de Juan XXIII, que entienda al mundo de hoy y coloque a la Iglesia en su vanguardia.Que Dios y el recuerdo de Benedicto XIV iluminen a los cardenales.

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