Paradojas viajeras

Julio 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

Esa noche de fútbol todo hacía suponer que habría fiesta en Barcelona. O, por lo menos, así esperaba que sucediera si España ganaba la Copa de Europa. O así habría pasado en cualquier ciudad de un país cuya selección nacional compitiera en una importante final y quedara de campeón. Esa noche, en Kiev, el trofeo del 2012 se lo llevarían Italia o España. No había más alternativas. Y, de ganarlo España, se alzaría con la ‘Triple Corona’, en la secuencia Eurocopa-Mundial-Eurocopa.Había elegido para ver la final el ambiente de bullicio del Puerto Olímpico y, en él, el restaurante La Barca de Salamanca, con su exquisita comida de mar. El lugar estaba repleto: había comensales brasileños, latinoamericanos, asiáticos, europeos y españoles, por supuesto.El partido comenzó a la hora prevista. Cuando en el minuto 14 Silva metió el primer gol, los brasileños gritaron, los europeos se emocionaron y los españoles apenas musitaron.Luego, en el minuto 41, ante el segundo gol de Jordi Alba, se repitió el espectáculo. Y en el minuto 84, ante el tercero de Fernando Torres, crecieron la emoción y el asombro de todos, pero los catalanes conservaron su frialdad. Ya, cuando Mata metió el cuarto gol, fue el paroxismo total de los extranjeros, mas no de los impávidos catalanes.Al terminar el partido con el increíble 4 a 0, un mesero salió a echar un volador. Otro, marroquí, bebió un sorbo de vino de contrabando. ¡Eso fue todo!-¡Tan extraño! ¡Esto, en Colombia sería el delirio!-, le dije a mi hija.Al salir nos recogió un taxi que llevaba una bandera de España. El taxista dijo que los policías catalanes y la gente de Barcelona lo hostilizaban por exhibirla. “¡En Cataluña son enemigos de España. Por eso, aquí, prohibieron los toros! ¡Si fuera el equipo de Barcelona el ganador, la gente desbordaría de entusiasmo en las calles!”, dijo.Le pedí que nos llevara a la Plaza de España, donde se suponía que habría celebración. Había fila de automóviles. Pero escaso entusiasmo, muy pocos pitos y casi ni una bandera. ¡Qué poca alegría producía en Cataluña el triunfo nacional!Entonces percibí el tamaño del rencor catalán contra España, una rabia que les viene desde la Guerra Civil, en la que Cataluña puso tantos muertos… Es un resentimiento que los carcome por dentro…***Una amiga francesa me arrendó su casita en Marsillargues, un pueblito localizado en el sur de Francia, a 15 minutos del Mediterráneo, donde no pasa nada, todos se conocen, y el tiempo parece no transcurrir.Un día mis hijos se llevaron nuestra única llave. Al final de la tarde fui a caminar y, sin llave, ajusté bien la puerta, que se trababa sobre el piso y era impensable que pudiera abrirla el viento.Al regresar, poco después, vi a un vecino anciano que se alejaba de lo que a distancia parecía la entrada de la casa. Encontré la puerta abierta. Pensé que habían llegado mis hijos. Grité sus nombres. No respondieron.-¿Sería un ladrón?-, me pregunté. -¡Aquí, imposible!-.Miré: el computador, el Blackberry, una cartera de verano grande sin cierre que había dejado sobre la silla, en fin, todo parecía en orden... Al día siguiente, cuando ya nos íbamos del pueblo, no pude encontrar la bolsita de tela en la que, dentro de la cartera, guardaba mi pasaporte, más un sobre con 3.000 euros.¡Y nosotros que nos quejamos tanto! Sí, en el Cielo también hay ladrones…

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