Para ti, Ernesto

Para ti, Ernesto

Octubre 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

Supe de tí hace 30 años, cuando con Gabriel García Márquez, Darío Arizmendi, José Vicente Kataraín y Jaime Castro íbamos a fundar un diario que se llamaría El Otro. Gabo insistía en que uno de nuestros reporteros debías ser tú, barranquillero de 21 años y cronista de El Heraldo que escribía de maravilla. El Otro nunca vio la luz. En cambio tú seguiste en ascenso. Primero El Heraldo; luego la revista Cambio 16, donde siendo directora te llevé como cronista y columnista (te confieso, que me sentí aludida y feliz cuando esta semana te referiste a esas “editoras alcahuetas” dispuestas a publicar -y a pagar- las crónicas como lo merecen. Así lo afirmaste en el discurso que en tu nombre leyeron tus hijas, cuando recibieron ese Premio Simón Bolívar a la Vida y Obra, que hace tiempo debieron darte). Cómo recuerdo esos textos tuyos en Cambio 16, pintorescos, llenos de Caribe.Después estudiaste cine y fuiste nuestro corresponsal en Los Ángeles. Luego te descubrieron los cachacos. Te convertiste en cronista de Cromos, Soho, Interviú, QAP, Caracol Radio y Tv, Univisión, RCN Tv, El Radar y columnista de El Tiempo. Seguro te sacó corriendo el frío en el corazón que produce Bogotá, y regresaste a tu Curramba a seguir de estrella por doquier.Ahora, siendo editor general de El Heraldo, recibes este premio y elaboras un discurso importante y oportuno, sobre todo hoy, cuando la manera como se informe sobre las negociaciones puede catapultar o sepultar nuestro malogrado sueño de paz. Dices que tienes “la certeza de que si a la Colombia contemporánea la hubiésemos relatado con temperatura de cronista -sin renunciar a postulados básicos como el compromiso con la verdad y el equilibrio- tendríamos mucha más claridad sobre la dura realidad que nos asedia”. Y agregas que alguna vez pensaste que “esta guerra -cuyo fin ojalá esté tan cerca como lo intuyen nuestros corazones- era vista por el país como un macabro cotejo futbolístico, en el cual un día ganaban los unos por goleada y al siguiente lo hacían los otros por estrecho margen”. Y concluyes que defiendes la crónica porque “a través del aprovechamiento pleno de los recursos del lenguaje, del vuelo del espíritu que ella implica, de las herramientas estilísticas que aporta, de la honestidad que demanda, de su exploración real del ser humano, nos aproximamos más a la verdad”. Y conminas “al colegaje -y sobre todo al liderazgo de los medios- a abrir las compuertas de la crónica (y) el reportaje”, porque “nunca es tarde para ser sinceros. Nunca es tarde para decir a plenitud la verdad”.Así es Ernesto: la crónica y el reportaje retratan la realidad con todos sus ángulos y tonos. Los editoriales y columnas interpretan un pedazo de ella, y la califican según la óptica que se tenga. Los primeros cuentan el cuento, y llevan a entender a los seres humanos con sus distintos puntos de vista. Los segundos lo califican y acaban dividiendo el mundo entre buenos y malos. Los primeros pueden conducirnos a la paz. Los segundos quizás ayuden a sepultarnos en el infierno de la guerra.¡Cómo tienes el corazón y los ojos de abiertos, Ernesto McCausland! Por eso, y por tu obsesión por descubrir el fondo de los seres humanos, me encanta cuando nos encontramos por el camino de la vida: en Santa Marta, en alguna Fiesta del Caimán en Ciénaga, en nuestra Barranquilla… La última vez, te vi en los días de El Carnaval de Las Artes. Estabas más delgado… No sabías aún que te visitaba otra vez el maldito mal...Y el viernes, al leer tu discurso, no entiendo por qué aún yo no lo sabía… Y al terminarlo, pensé: “Ya encontré la solución de mi vida: cuando publique mi nueva novela y el síndrome del nido vacío esté haciendo estragos en mi corazón, si para entonces el amor no ha acabado de anclar en mi vida, le pido a Ernesto que me emplee como reportera en la planta de El Heraldo y me voy, feliz, a vivir a Barranquilla.Horas después supe que estabas dando la batalla. ¡Y vas a ganarla! ¡Ya lo verás! ¿No ves que tus hijas, tu mujer, Barranquilla, el Caribe, el país y tus amigos te necesitan? ¿No ves que yo también? ¿No oyes que quiero hacer reportajes en las calles de Curramba, dirigida por ti? ¡Apúrate, Viejo Erne! ¡Pilas! ¡Vuelve ¡Sal de ahí!

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