Nueva Era

Octubre 17, 2010 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

Que Colombia haya sido elegido miembro del Consejo de Seguridad de La ONU en representación de América Latina, con el apoyo de 186 de los 192 países presentes, incluidos Venezuela y Ecuador, era algo impensable tres meses atrás, cuando estábamos a punto de que Venezuela nos declarara una absurda guerra en la que la habrían ayudado Cuba, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, por lo menos.Es que para conseguir un escaño en ese consejo, es fundamental recibir el apoyo del propio grupo regional. Y en esa gazapera en la que vivíamos con nuestros vecinos, era imposible que el GRULAC (Grupo de Países Latinoamericanos) nos diera su aval, por más eficaz que hubiera sido, como lo fue, la labor de la anterior embajadora, Claudia Blum, en la consecución de votos de otras regiones. Por eso deben recibir un aplauso el Presidente Santos y su hábil Canciller, María Ángela Holguín. Ella, con sabiduría, discreción, tino, y conocimiento de la diplomacia y de los intríngulis de la política latinoamericana, logró, en pocos días, darle un vuelco a nuestras desastrosas relaciones con Venezuela y Ecuador, limar las asperezas que nos distanciaban de la mayoría de países del área, y colocarnos en la posición de líder regional que luchará, en el Consejo de Seguridad, por los intereses de América Latina. Para hacerlo, contará con la colaboración del nuevo embajador de Colombia en Naciones Unidas, Néstor Osorio, un diplomático que lleva casi tres décadas brillando en el panorama internacional, primero como delegado de Colombia ante la Organización Internacional del Café, luego como embajador del país ante la Organización Mundial del Comercio y, por último, como director ejecutivo de la Organización Mundial del Café, con sede en Londres. Es importante la influencia que Colombia puede ejercer en ese foro, no sólo al aportar su experiencia en la lucha contra el terrorismo, como lo ha dicho el Presidente, sino también al llevar al Consejo de Seguridad la discusión del tema de la droga, y al poner el dedo en la llaga sobre la injusticia que acarrea el manejo de ese problema generado por los países consumidores, y del cual somas las principales víctimas. Es que no hay derecho a que mientras nosotros seguimos poniendo los muertos, encarcelando a los campesinos que viven de la siembra de coca y pagando el elevadísimo precio en armas, personal y corrupción de las instituciones que nos significa la guerra contra el narcotráfico, en California se legalice el uso recreativo de la marihuana, la droga se venda tranquilamente en las calles de Nueva York, y en Amsterdam se consuma cannabis, bien envuelta en cigarrillos, o mezclada en tortas y galletas, y se ofrezca sin misterios en tantos bares especializados en vender el producto, antros siempre oscuros, repletos de humo, atestados de gente e impregnados del aroma inconfundible de la hierba.Ese debate bien vale la pena librarlo en el Consejo de Seguridad de la ONU, a ver si el planeta, que en la era de Obama parece más receptivo al respecto, se convence de tomar por fin una decisión inteligente: legalizar la droga, controlando su uso y tratando el asunto como un problema de salud pública que las sociedades pueden prevenir. Ese sería el logro principal del Presidente, la canciller y el embajador Osorio, al hacer parte, durante dos años, de esa exclusiva junta directiva del mundo. ¡El reto es grande! ¡Pilas, pues!

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