Nobel al periodismo

Octubre 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

“El reportaje es un género literario”, había dicho García Márquez.Sin embargo, el Premio Nobel de Literatura nunca había estimulado este género magnífico. Para satisfacción de los periodistas y, aún más, de quienes nos hemos adentrado en los testimonios de mujeres que han sufrido la guerra, este año la ganadora del premio máximo de las letras fue la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, a quien la Academia Sueca le reconoció la belleza de sus testimonios entrelazados en esos textos llenos de contenido humano que conforman sus libros, entre los que se destacan: La guerra no tiene rostro de mujer, donde, mediante monólogos, Svetlana indaga el papel de la mujer rusa durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra; Los chicos del zinc, donde los veteranos y las madres de los caídos en Afganistán cuentan su tragedia; y Voces de Chernobyl (1997), su obra más conocida, donde recrea el drama producido por el mayor accidente nuclear de la historia. El libro comienza con tal fuerza que hace imposible abandonar el texto.Lo comparto con ustedes:“No sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? O es lo mismo... ¿De qué?......Nos habíamos casado no hacía mucho… Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras... Yo le decía: “Te quiero”. Pero aún no sabía cómo le quería... No me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Y otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y abajo, en el primero, estaban los coches. Unos camiones rojos de bomberos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba.En medio de la noche oí un ruido. Miré por la ventana. Él me vio: “Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto”.No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado... El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Una calor horrorosa. Y él seguía sin regresar. El hollín era porque ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaba, igual que sobre resina. Sofocaban las llamas. Tiraban el grafito ardiendo con los pies... Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a un incendio normal... Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis nos disponíamos a ir a ver a sus padres. A plantar patatas. De la ciudad de Prípiat hasta la aldea Sperizhie, donde vivían sus padres, hay cuarenta kilómetros. A sembrar, arar... Era su trabajo favorito... Su madre recordaba a menudo cómo ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; le construyeron incluso una casa nueva. Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó sólo quería ser bombero. No quería ser otra cosa. (Calla).A veces me parece oír su voz... Oírle vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero no me llama nunca... Y en sueños... Soy yo quien lo llamo...Las siete... A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Sólo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: los coches están irradiados, no os acerquéis. No sólo yo, todas las mujeres vinieron, todas cuyos maridos estuvieron aquella noche en la central”.***Por vacaciones de la autora, esta columna reaparecerá en cuatro semanas.

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