La mirada triste de Lucero

Agosto 07, 2011 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

Cuando me disponía a escribir sobre el inconcebible proyecto de ley que pretende revivir la inmunidad parlamentaria, me encontré con esta historia entrañable: la del soldado que se infiltró en las Farc para conocer a su madre y fugarse con ella.La madre, hoy de 44 años, había ingresado a la insurgencia al comienzo de su adolescencia. Allá tuvo dos hijas y un hijo a quienes, dadas las reglas de la guerrilla, no podía mantener consigo. Por eso dejó al niño al cuidado de unos amigos de su compañero, un guerrillero que murió en combate. Sin embargo ella pensaba en el niño a todas horas, durante las caminatas, en el silencio de la noche… Lloraba… Se culpaba por haberlo abandonado… Rara vez lograba llamar para preguntar por él o mandarle una nota con dibujos. Una de esas cartitas, ilustrada con un pequeño corazón, la guardó él desde cuando la recibió, a los 10 años, y se obsesionó con conocer a su madre y saber por qué no lo había acompañado a crecer. El muchacho ingresó al Ejército. Lo angustiaba pensar que al otro lado de la línea de fuego podría caer ella... Compartió su angustia con sus compañeros de inteligencia del Ejército… Con ellos fraguó su plan: infiltrarse en la guerrilla para rescatar a su mamá, con quien mantenía contacto, cada vez más frecuente... Hablaron de la posibilidad de la fuga. El pasado diciembre, el soldado consiguió por fin infiltrarse en el Frente 34 de las Farc, donde se hallaba su madre. Allí la conoció, en medio de la emoción y de un temblor que le estremeció todo el cuerpo. Soñaba con escaparse con ella… Y ella en hacerlo con él. A comienzos de año, en las selvas que unen a Antioquia con Chocó, finalmente consiguieron realizar su sueño: huyeron por las cuencas de los ríos Jiguamiandó y Curvaradó... Luego caminaron mucho tiempo y llegaron a una guarnición militar.Esta conmovedora historia me recuerda testimonios recogidos en mi trasegar como periodista, en los cuales me he encontrado con ese drama tan frecuente y poco conocido: el del abandono padecido por los hijos de las guerrilleras, que disfrazan su incapacidad para ser madres con la paradójica disculpa de que dejan a sus hijos para dedicarse a luchar para que los niños del mañana crezcan en un mundo mejor; y el de la culpa de haberlos abandonado que, a cada instante, las cercena. Aun recuerdo la mirada perdida de Lucero, una bonita guajira que ya murió en combate, -la segunda mujer de Simón Trinidad-, cuando en la época de los diálogos de paz de Pastrana, una mañana, en San Vicente del Caguán, me contó que había soñado con sus hijos a quienes había dejado en manos de conocidos y hacía mucho tiempo no veía…De esa mirada triste me surgió la idea de escribir ‘Las Mujeres en la Guerra’… *** El gran cambio sucedido en el país en el último año se refleja en el nuevo mantra que, para meditar cada mañana, adoptó el presidente Juan Manuel Santos: “¡no voy a pelear con Uribe!; ¡no voy a pelear con Uribe!; ¡no voy a pelear con Uribe!,” se repite él, concentrado, cada mañana, en el silencio del amanecer, mientras por su mente desfilan otras tentaciones…¡Hace bien, Presidente! ¡Ojalá siga anclado en ese mantra, y deje a Uribe peleando solo pues, a usted, cada vez, lo felicitamos más por su brillante primer año de gobierno!

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