Ese volcán de vida…

Noviembre 14, 2010 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

“La vida comienza a los ochenta”, sería el título de un reportaje que contara la historia de Tachia Quintanar, declamadora vasca llamada así por el poeta español, Blas de Otero, su primer amor; apodada General por el Premio Nobel, Gabriel García Márquez, su segundo amor, a quien ella le inspiró ese recio personaje que es la mujer del Coronel no tiene quién le escriba; pero bautizada María y apellidada como su difunto marido, Charles Rossoff, un ingeniero petrolero ruso con quien vivió en París, en feliz matrimonio, durante cuarenta años, con quien tuvo a Juan, su único hijo, y quien la quiso a más no poder. Sí, Rossoff sonreía al verla abrir la puerta de su apartamento en el Boulevar de L’Observatoire, con su casco y sus guantes de motociclista. Y cómo hubiera sonreído el jueves y viernes pasados, al observarla, en medio de los aplausos del público, abandonar el escenario del Teatro Libre de Bogotá donde durante una hora interpretó ese Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo que Gabo le regaló para que ella lo dijera y cuyo estreno hizo en Cartagena cuatro días antes; sí, cómo hubiera sonreído Rossoff al verla feliz, en la cafetería del teatro, recibiendo la felicitación de sus amigos, y al detallarle su atuendo de colegiala, con blusa y pantalones negros y estrechos rematados con unas botas de arrugada gamuza roja que, en esos días, se había empeñado en que Myriam, la cuñada de García Márquez, la acompañara a comprar.Sí, Tachia es un volcán de vida que se la pasa de pueblo en pueblo de España ofreciendo recitales con el cantautor español Paco Ibáñez, y que ahora, bajo el auspicio de la Embajada de Colombia en Francia, de la Corte Constitucional y del Teatro Libre de Bogotá, realiza el estreno mundial de este largo monólogo macondiano, lleno de presagios, tedio y belleza, que le ayudó a montar el director Pedro Salazar, que nadie entiende cómo ella pudo memorizar a sus ochenta y dos años, y que viene como anillo al dedo en esta hora de invierno interminable, en la que no hemos hecho más que padecer, impávidos, el diluvio; escuchar el crepitar del agua en techos y ventanas; observar las calles vueltas arroyos que arrastran toda clase de enseres; en fin, ver, paralizados, el aguacero que acaba con cosechas y caminos y que, como siempre, azota primero a los pobres y, en estos días, ya ha dejado más de ciento veinte cadáveres sepultados en la corriente.Sí, como en este precioso monólogo garcíamarquino que con maestría interpreta la gran Tachia, estamos “narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada”.***¡PROTESTO! No puede ser que acabemos con nuestro único proceso de paz exitoso, el del M-19, que no sólo nos ha dejado muertos sino, también, una Constitución -la del 91, respetuosa de los derechos- y líderes tan capaces como el ex candidato Gustavo Petro, un militante menor al que no le contaban nada cuando se ejecutó el estúpido asalto al Palacio de Justicia, y el gobernador de Nariño, Antonio Navarro, quien como alcalde de Pasto fue galardonado como el mejor del país y, en ese nefasto segundo semestre de 1.985, estaba en La Habana, casi muerto, a raíz del atentado que sufrió en Cali: por consiguiente, no puede confesar lo que no supo. Y menos pagar por ello.

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