El Cauca de carne y hueso

Julio 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

Como escribía Diego Montaña Cuellar, en Colombia hay dos países: el formal, el que se vive en Bogotá y se ve bajo la lupa del poder; y el real, el que vive la gente en todos los rincones del país, en su diaria lucha por sobrevivir.Por eso, para entender a muchos indígenas y a cierta gente del Cauca adentro, escuchemos a Marcela, una joven de 21 años, criada junto a sus padres y sus tres hermanos en la zona rural del Tambo, en la finquita familiar de 4 hectáreas, donde tienen granadilla, cardamomo y ganado.La finca queda a 90 kms por trocha del municipio del Tambo, que a su vez está a 45 minutos de Popayán. Por el mal estado de la carretera demoran 5 horas en llegar a la cabecera municipal, en un vehículo que pasa una vez al día. La señal de celular aparece a 4 horas de camino. No obstante, a media hora a pie, en la escuela, hay Internet y teléfono satelital. Y más adelante hay teléfono público. En la finca entran la TV,  Caracol, RCN, emisoras indígenas intermitentes y la radio del Ejército que ofrece música y noticias sobre el Cauca y los golpes a la guerrilla.A pesar del aislamiento, Marcela y sus hermanos, han ingresado a la universidad: la mayor estudia ingeniería de alimentos y trabaja como niñera en Bogotá; la segunda estudia tecnología de las comunicaciones y trabaja como empleada en la capital; Marcela estudiaba comunicaciones y trabaja en un hotel; y el hermano es maestro en un resguardo indígena.Ella cuenta que en su tierra la gente vive dedicada a hacer sus labores. Los guerrilleros pasan uniformados y armados, pero no se meten con la gente. (En otras zonas, dependiendo de lo que se le ocurra al Comandante del área,  roban, se llevan los niños, violan a las mujeres, hurtan animales).  Al Estado, poco se le ve: sólo hace unos 6 meses renovaron el viejo material didáctico de la escuela. La guerrilla organiza el trabajo comunitario, mantiene los caminos, la cancha, el salón comunal y la seguridad: si alguien roba o se niega a cooperar en el trabajo comunitario, le ponen doble trabajo y lo multan. Homicidios hay pocos. La Policía no existe. La guerrilla se financia con el cobro de vacunas a los coqueros, que les pagan $4.000 por kilo de coca.La vida cambió en el Tambo hace 5 años, cuando llegó el Ejército y duró un año. En ese tiempo, sólo hubo un par de hostigamientos. Incluso se comentaba que había una especie de pacto de no agresión entre ambos. Pero, a la gente, la vida se le volvió pesadilla:  si no recibía al Ejército en la casa, la tildaban de colaborar con la guerrilla. Y si lo recibían, la guerrilla la acusaba de ayudar al Ejército.El Ejército regresó este Jueves Santo. Hubo enfrentamientos. Marcela duró 5 días sin poder salir de su casa.-Allá-, dice ella, -nada cambia. No importa el Gobierno que haya: el Estado no está presente, y la gente no tiene motivos de gratitud para con él. Allá, mientras no esté el Ejército, no hay conflicto”. Hasta ahí, la historia de Marcela. Otra es la que viven en otras zonas, donde las cosas suceden al revés. Lo fundamental es que cese el conflicto, que en las distintas Colombias nos escuchemos y aprendamos a tolerar nuestras diferencias, y que el Estado exista en todo el territorio: con carreteras, escuelas, centros de salud, guarderías, oportunidades para los jóvenes, seguridad, Policía.Como dice un amigo, aquí lo que hay que hacer es que arraigar la economía del cuidado...

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