De la indiferencia al boomerang

Julio 06, 2014 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

En Nueva York, un periodista peruano comenta: ¿Has visto la insensibilidad de este país? Se refiere a la indiferencia que hay con respecto al drama humanitario generado por la inmigración ilegal de niños centroamericanos a través de la frontera con México, donde 52.000 mil menores han sido capturados desde octubre pasado.Entonces me muestra un artículo de The New York Times, que habla de esos niños que atraviesan la línea solos, en medio de las culebras. Lo ilustra la fotografía de Alejandro, un hondureño de 8 años quien, de pie junto a un altísimo guardia gringo, lo mira aterrado.¿Con quién estás?, le pregunta el guardia, quien por fortuna habla español. Solo, le responde la criatura. ¿Dónde están tus padres?, replica. En San Antonio, dice el niño, pero añade que no tiene la dirección en Texas, ni tampoco sabe cómo ubicar a una tía que vive en Maryland, ni conoce dónde se esfumó “Santiago, el contrabandista”, el inmigrante con quien pasó la frontera.Alejandro seguramente se convirtió en uno más de los miles de menores sin futuro, que entró a uno de esos albergues donde ubican a estos “niños ilegales”, sin que tengan claro cuándo van a salir de ahí, pues sus padres no van a ir por ellos ya que también son inmigrantes ilegales; sus familiares lejanos, en sus países de origen, no van a reclamarlos.Como menores que son, no pueden ser deportados; ellos no saben dónde viven sus papás; y los únicos que tienen la información de contacto son los contrabandistas que, por supuesto, no van a presentarse, y que trabajan para los jefes del los carteles mexicanos dedicados al narcotráfico, quienes han hallado, en el tráfico de niños, un negocio de bajo riesgo, pues cobran cerca de 3.500 dólares por llevar a una criatura a Estados Unidos.Las razones de este éxodo, en aumento debido a los rumores que circularon sobre que Obama iba a permitir el ingreso a su país de mujeres y de niños, son la pobreza y la inseguridad que padecen la mayoría de los centroamericanos; la carencia de una política de inmigración norteamericana que se ajuste a la realidad; y la tradicional indiferencia de la primera potencia frente a la pobreza en que viven sus vecinos.Es increíble que aún a estas alturas, ni el país más rico, ni la mayoría de los empresarios más ricos, se hayan dado cuenta de que, para ellos, no hacer nada eficaz para remediar la pobreza, es el peor negocio pues la indiferencia se les vuelve un boomerang.* * *El viernes, después de ver ese triste partido entre Colombia y Brasil, en el que un árbitro inclinó el marcador en contra de nuestro gran equipo, encuentro a un tipo conocido, de barba y pelo blanco, con pantaloneta color crema y camiseta de jugador colombiano. Va sentado en un vagón del metro que viaja a Manhattan desde Queens, la zona colombiana de Nueva York, donde en cualquier esquina se comen fríjoles, arepas y empanadas. Es nada menos que el ex candidato presidencial Enrique Peñalosa. Había ido con su hijo a Queens, a ver el partido en medio de colombianos. También él estaba decepcionado y convencido de que ese gol nos lo anularon injustamente. Me contó que había viajado a participar en una reunión de un comité que asesora en transporte público a New York. Y al despedirse, medio en serio, medio en broma, exclamó: ¡Bueno, no siempre ganan los mejores!

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