¡Adiós, mi amigo!

Julio 16, 2017 - 06:30 a.m. Por: Patricia Lara

La última vez que nos emparrandamos estaba radiante: fue hace poco más de un año, cuando nos tomamos unos whiskeys y almorzamos delicioso en San Cristóbal, el paladar de La Habana vieja al que pocos días antes había ido a cenar el presidente Barack Obama.

Allá había invitado yo, a manera de despedida, a ese par de brillantes, viejos y divertidos amigos cubanos, ambos antiguos vicejefes del Departamento de América, con los que hablaba de política, conversaba de la vida y me reía de todo, desde el momento en que pisaba la isla hasta la víspera de mi partida: Norberto Hernández, embajador de Cuba en la Venezuela de Carlos Andrés Pérez y en Panamá del general Omar Torrijos, y Fernando Ravelo, embajador de la isla en Bogotá durante el gobierno de López y la mitad del de Turbay y embajador en Nicaragua. Al almuerzo nos acompañó otro gran amigo, Alberto Cabrera, jefe de prensa de la Embajada de Cuba en Colombia en tiempos de Ravelo.

Al salir, nos montamos en el Hyundai Accent 2009 que había arrendado. Acerqué a Norberto a su casa. Luego me dispuse a llevar a Ravelo. En el camino le entregué las inyecciones de complejo B para aliviar la polineuritis que él me había encargado, porque en La Habana no había, así como los óleos de colores que allá tampoco se conseguían y que le había regalado para que pintara esos cuadros de flores que le encantaba dibujar. Le prometí que próximamente le enviaría, con quien pudiera, el aceite de linaza que le facilitaba la mezcla de los óleos. (Se lo mandé con el senador Iván Cepeda, poco después).

Nos despedimos, me hizo alguna broma, sonó nuestra carcajada…

Cuando vi a Ravelo caminar lentamente hacia a su apartamentico localizado en el último piso de un vetusto edificio del barrio Vedado, al que subía con dificultad, pensé que esa sería la última vez que lo veía. Ravelo ya había sufrido dos infartos. No obstante, gozaba los minutos que le quedaban de vida y se la pasaba con Norberto jugando dominó, tomando cerveza, haciendo chistes, burlándose el uno del otro y rememorando sus hazañas secretas en la lucha revolucionaria de América Latina, en la que ambos habían participado.

Me entristecí...

Por el camino, Alberto me recomendó que no olvidara mandarle el aceite de linaza, pues la pintura no sólo le servía a Ravelo para entretenerse, sino que, si lograba vender uno que otro cuadro, recibía algunos pesos que le caían muy bien pues aumentaban su ridícula pensión del equivalente a trece dólares, que el gobierno cubano le pagaba luego de que, casi desde niño, se había vinculado al Movimiento 26 de Julio, había llegado a ser capitán del Ejército Rebelde y colaborador directo del ‘Che’ Guevara en la Asociación de Jóvenes Rebeldes y había trabajado sin descanso y en silencio en la defensa de Fidel y de su Revolución, tanto en Cuba como en América Latina.

Supe de Ravelo semanas más tarde, cuando al recibir el aceite de linaza me mandó agradecimientos y saludos con Alberto y Norberto: él no tenía internet en su casa. Pero no se quejaba de ello, como no se quejaba de nada.

Sólo volví a saber de él el pasado 12 de junio, días después de que cumplió sus 80 años, cuando Niobis, su joven compañera de la última época, me mandó a decir con Alberto que Ravelo había muerto.

Ravelo había dejado instrucciones de que no le hicieran homenajes ni lo enterraran con honores. Sin embargo, sus restos reposan hoy con los de los combatientes del Segundo Frente.

Es que Fernando Ravelo sí que merecía que le rindieran honores: son los que deberían rendírseles a esos pocos seres que, en el mundo, son capaces de vivir y de morir de acuerdo con sus convicciones, sin esperar nada a cambio.

¡Paz en tu tumba, Viejo Rave! Va mi abrazo estrecho para Norberto. Y mis condolencias para Niobis.

Sigue en Twitter @patricialarasa

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