Semáforo

Mayo 12, 2014 - 12:00 a.m. Por: Paola Guevara

Semáforo en rojo. Comienza el crujir de dientes. Su luz detona la ansiedad de una sociedad enferma de miedo pues es allí, a los pies de ese semáforo, donde comienza a girar la ruleta rusa.En los segundos que van del rojo al verde sentimos que nos jugamos la vida, nos parece que no habitamos en un Estado de Derecho sino en un Estado de Paranoia donde todos son sospechosos, el vendedor ambulante, el transeúnte, el malabarista, esos otros que nos observan con la misma prevención desde sus carros, desde sus taxis, desde sus motos...Nos sugieren las autoridades cambiar de ruta para llegar a casa, modificar horarios de salida y de entrada, andar despistando a ese fantasma del atraco, de la bala perdida, del fleteo que respira sobre nuestros hombros, hasta que nos vamos adecuando a esta esquizofrenia colectivaComo la mujer que me confiesa que, tras varios asaltos, decidió llevar en el asiento derecho de su carro el que llama “el bolso del ladrón”, una cartera usada que contiene una billetera con dinero y un celular viejo que debe servir –supone- para calmar el hambre del Lobo que aguarda a Caperucita en cualquier semáforo. Si este no es el síntoma de una adaptación disfuncional, entonces, ¿qué lo es?“La Colombia urbana pasó del 'podemos ir a la finca sin que nos secuestren' al 'no podemos ir al semáforo porque nos matan'”, oigo decir. Lo primero fue aplaudido por muchos como un gran éxito del gobierno Uribe, y criticado por los que lo consideraban un sofisma de élite que conduciría, eventualmente, a una mutación de la violencia mas no a su erradicación.Hoy lo estamos comprobando, que al mal no se le vence solo con enseñarle los dientes: baja el secuestro y se dispara la extorsión, se erradica un cultivo ilícito en una zona y se traslada la violencia a otra, se desmantela una banda y se reorganizan otras, se despoja el campo y arde la ciudad, porque nuestra violencia, como un virus, se reinventa de las más feroces formas mientras pedimos más mano dura pero sacamos el último lugar en las pruebas Pisa. ¿Y la educación para cuándo?Prepararnos para la paz no solo implica tragarse ciertos sapos ideológicos, sino asumir que pasarán al menos veinte años hasta que la sociedad absorba el accionar de quienes solo saben ganarse el pan con el sudor de su arma en nuestra frente, lo que entre otras seguirá convirtiendo en pesadilla cada frenazo obligatorio allí, en ese semáforo cuyos tres ojos quisiéramos tener, dos en la cara y uno en la espalda.Se hacen llamados a la solidaridad ciudadana, pero pocos -lo vemos- están dispuestos a correr el riesgo de emprender la persecución.Gústenos o no, habrá que seguir denunciando, no dejar de hacerlo, por engorroso que sea, así parezca inocuo. La denuncia no es la panacea pero sí una forma de presión legítima sobre las cifras oficiales y dará una medida más exacta de este fenómeno: estamos jugando a la ruleta rusa en cada semáforo. En este no fue. ¿Será en el próximo?

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