La invasión rola

La invasión rola

Abril 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Paola Guevara

Les aseguro que traté. A los muchos amigos bogotanos que me han llamado en los últimos días para decirme que quieren venir a vivir a Cali, he intentado desalentarlos, pero ha sido en vano. Les he contado que aquí los bancos con un solo cajero y cerrados al medio día por almuerzo los conducirían al suicidio, pero me recuerdan que vienen de tener tres alcaldes en 48 horas y les doy la razón.

Entonces intento manipularlos, advirtiéndoles que aquí extrañarán sus abrigos, botas y bufandas y me responden que, con lo que en Bogotá vale un apartamento del tamaño de una caja de fósforos, se comprarán una casa con piscina y sendero ecológico en Jamundí.

Los insto a recapacitar, pues aquí tendrían el colesterol por las nubes por cuenta de las marranitas, los aborrajados y las chuletas fritas, pero prefieren sacrificarse antes que seguir despilfarrando los mejores años de su juventud -dicen- entre trancones diarios de cuatro horas, promedio.

Yo los invito a pensarlo mejor, porque en Cali tendrían que aprender a saludar hasta en los ascensores y desprenderse de esa neurosis que quienes hemos vivido en Bogotá consideramos tan sexy, pero se empeñan en minucias como poder ir a almorzar en su casa al medio día y criar hijos a los que puedan ver antes que se gradúen y se marchen.

Yo les pido cordura y les leo las más recientes estadísticas: que cada vez que alguien respira nace un niño en la China y el Tránsito pone una fotomulta en Cali, pero me responden irreflexivos que la 26 sigue sin arreglo, que están cansados de presenciar atracos en los supermercados del norte donde compran las alcaparras para el ajiaco y que antes de morir quieren saber cómo se siente encontrar mesa en Crepes&Waffles sin tener que hacer fila.

Yo les advierto que sentirán nostalgia por el Festival Iberoamericano de Teatro y Rock al Parque, pero han hecho cuentas y prefieren pagar los $2.500 del parqueadero de Chipichape que los $15.000 por cada cuarto de hora en los infames parqueaderos de la 82 y del Parque de la 93.Cada vez que cuelgo el teléfono, hago la lista mental de la cantidad de amigos, familiares y conocidos que en el último año han salido despavoridos de Bogotá, porque consideran que tendrán mejor calidad de vida, de familia, de trabajo y de tiempo en Cali y, en su defecto, en Medellín, en Pereira, en Bucaramanga, en Montería, en Barranquilla o cualquier destino que quede 2.600 metros más lejos del caos.

Quién lo habría previsto, la región es el nuevo 'must'. Yo quise evitar la estampida por razones egoístas, lo confieso, pues si la tendencia avanza muy pronto no tendré quién me hospede en Bogotá cuando comience la Feria del libro y regrese Paul McCartney. Lo intenté, hice lo que estaba a mi alcance para desalentar la invasión rola que se avecina. No me culpen a mí. Culpen a Petro.

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