Emergencia ortográfica

Abril 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Paola Guevara

Se conmemoran 400 años de la muerte -con pocas horas de diferencia- de Cervantes y Shakespeare. Y en Colombia, que se jactaba de tener el mejor español del mundo, bien podríamos decretar el Estado de Emergencia Ortográfica. En una cátedra sobre géneros periodísticos que me pidieron dictar hace algún tiempo, en una universidad privada, me topé con estudiantes de quinto y sexto semestre a los que nunca nadie les habló de las palabras agudas, graves y esdrújulas. Uno de ellos tildaba las consonantes, en lugar de tildar las vocales. Y otra estudiante padecía un desatino tan severo a la hora de tildar que le pregunté su ‘método’ para siempre fallar. Respondió que la ortografía le causaba tanta ansiedad que imprimía sus trabajos de la universidad y luego, con lapicero de tinta negra en mano, dejaba caer tildes a diestra y siniestra, de forma aleatoria, para ver si de casualidad le atinaba a alguna. Las generalizaciones son injustas y odiosas, pero en términos generales las universidades culpan a los colegios, que no enseñan las bases; los colegios culpan a los padres de familia, que no infunden hábitos de lectura en sus hijos; los padres dirigen el dedo acusador hacia los dos anteriores, con la autoridad que les dan los millones de pesos que han pagado por la educación de sus hijos. Y en esta búsqueda de exculpación, hasta las redes sociales resultan otro chivo expiatorio perfecto. Entre tanto, solo pierden los jóvenes, en este esquema de poder vertical donde las instituciones adultas van arriba y los estudiantes, abajo. Pésima la enseñanza de la ortografía en muchos colegios, es cierto, pero que no nos vengan a decir que los 7, 9 u 11 millones que cuesta un semestre de universidad la eximen del deber de enseñar a sus alumnos mejores competencias de lectura y escritura, sobre todo si el filtro de algunas, para admitirlos, es que tengan dinero para pagar el semestre. Hay casos muy tristes, de estudiantes a punto de graduarse o en proceso de escribir su tesis, que no logran identificar el verbo en una oración, y mucho menos redactar una frase coherente (qué diremos de un párrafo). Habría que revertir esta situación desde primer semestre, o atravesar la redacción y la ortografía como una columna vertebral a lo largo de todas las carreras, no solo las humanísticas, sino también las científicas que necesitan tantos profesionales dotados para la divulgación de saberes. Pero no solo se trata de enseñar a escribir, sino de enseñar a pensar. De qué sirven las reglas ortográficas cuando no hay nada para decir, y de qué sirven las ideas si no se las sabe expresar. Porque el español no es una costura, sino una patria ampliada, una poderosa nación simbólica en la que viven, sueñan y aman 468 millones de seres humanos, la segunda lengua más hablada del planeta. Ser ciudadanos de esa patria exige quererla sin k, honrarla con h y enseñarla con s y sin tilde.

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