Cursos de lectura lenta

Noviembre 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Paola Guevara

Respeto mucho a los que se inscriben en cursos de lectura rápida, a esos que quieren aprender técnicas que les permitan leer el Quijote en 20 minutos, las siete partes de ‘En Busca del Tiempo Perdido’ en una hora y un proyecto de Reforma a la Justicia en un frenético parpadeo. Pero lo que deberían abundar son los cursos de lectura lenta, sobre todo para congresistas (aunque con ellos bastaría la lectura, en seco).Nos ahorraríamos muchos problemas supiéramos leer lento. Leeríamos, por ejemplo, la letra menuda de los contratos de las aerolíneas y la telefonía celular; el tiquete del parqueadero, que dice que la empresa de seguridad no se hace responsable por sus paquetes, sus llantas ni su carrocería; la etiqueta de los jugos de fruta, para darnos cuenta que no contienen jugo, ni fruta. Y Pacho Santos habría captado lo obvio: que Actualidad Panamericana es un portal de noticias humorísticas, no la fuente para sus trinos.Por mi parte, disfruto leer y releer lentamente los cuentos de Cortázar, apreciar esa coma perfectamente puesta, ese adjetivo preciso que no podría ser cambiado por ningún otro. O detenerse en una metáfora de Kundera y dejar que la mente vaya, vuele, se regocije en la recreación de un instante y luego regrese para continuar la lectura. O resolver con calma esas “ecuaciones con palabras” que son los poemas de Fernando Pessoa, y sentir cómo se llenan los ojos de lágrimas de gratitud por saber que alguien invirtió tanto tiempo, tanto trabajo y tanta lucidez en escribir algo tan bello. Y qué me dicen del placer de no dejar que un buen libro se acabe pronto, esas ganas de retenerlo, de degustar gota a gota las últimas páginas solo porque sabemos que nos sentiremos huérfanos cuando se termine. Eso no lo enseñan en los cursos de lectura rápida de esta sociedad que goza quitándole la lactosa, la sacarosa y la cafeína a la vida.No, definitivamente no voy a leer rápido la colección de ‘Los Reyes Malditos’ que me prestó mi papá. Ni ‘El viejo y el mar’ que hace unos días resbaló de una biblioteca y cayó de punta sobre mi pie desnudo, con lo que me dejó un moretón y la invitación a leerlo de nuevo. Cómo podríamos asesinar los momentos clave de la literatura universal pasando por allí con un veloz espasmo ocular. Sería el fin de la magia.Por qué será que lo único que uno quiere rápido (la cuenta en los restaurantes y la atención en los bancos y hospitales) se demora eternidades. Pero leer, como las buenas cosas de la vida, hay que hacerlo lento y sin la urgencia del ‘check list’, porque los libros leídos no son trofeos, sino amigos que se quedan a vivir para siempre con nosotros.

VER COMENTARIOS
Columnistas