Bullying femenino

Agosto 04, 2014 - 12:00 a.m. Por: Paola Guevara

Tomar la supuesta vocería colectiva y sentenciar: “Nadie en el grupo te quiere, todos te rechazan, todos hablan mal de ti”. Eso se llama bullying, matoneo, acoso, hostigación. No se llama hablar de frente, se llama ser cobarde y escudarse en un consenso imposible de verificar para encubrir un juicio de carácter personal.Un excelente artículo publicado por Alda Mera en El País, revela que este es uno de los más frecuentes tipos de bullying que enrarecen la convivencia mujer a mujer.Los hombres -dicen los estudios- suelen ser más básicos, más primitivos; van al grito, al empujón, al puño, a la patada (añadamos el mordisco y el lanzamiento de platos), por tanto su matoneo es gravísimo pero más detectable y sancionable socialmente.El bullying entre mujeres no es la regla, ni más faltaba, sino la excepción. Pero quienes han analizado el fenómeno advierten que, cuando se presenta, tiende a ser encubierto, subrepticio.No predominan las formas externas hostiles; es mucho más subliminal, si se quiere. Más complejo, porque se fundamenta en ese consenso buscado, en el “no te puedo decir quién me lo dijo”; en la mentira que se inventa para herir una reputación, para destrozar una honra; en el rumor que se echa a rodar. Y tira a matar. Y que a veces, en efecto, mata.Particularmente dañino es el bullying invisible que se aplica de hermana a hermana, de madre a hija, en fin, en el seno de la familia, donde se dan los aprendizajes primeros. Estas “matoneadoras genealógicas” -a la vista de todos y con la pasividad cómplice de los propios hombres- lesionan con patente de corso: “Porque eres familia, eres de mi propiedad, luego puedo agredirte sin consecuencia y estás obligada moral y religiosamente a aceptarlo”.Como un virus silencioso, el bullying mujer a mujer se traslada a diversos escenarios sociales de interacción; el salón de clases, el vecindario, la oficina, los gremios y, por supuesto, las redes sociales, de cuyo efecto amplificador no se salva la anónima compañera de clases del colegio ni la famosa esposa de un gran futbolista.La atávica necesidad de defender el territorio, real o simbólico; la incapacidad para admirar y emular, que conduce a envidiar, retrasan los avances que estamos llamadas a conquistar.El bullying de género nos degenera.No habría que viralizar el odio, sino un pacto de damas: no volver a herirnos unas a otras -como decían los abuelos- “ni con el pétalo de una rosa”.

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