¡Ya pa’ qué!

¡Ya pa’ qué!

Marzo 28, 2018 - 11:45 p.m. Por: Paola Gómez

Se demoraron mucho. El uno, por medirse en una consulta que resultó una camisa de fuerza y que le costó un ojo de la cara a la Nación ($40.000 millones), cuando pudo haberse hecho el 11 de marzo, como todas las demás. Y el otro, por pensar que con la alianza con sus dos coequiperos, y su designación como candidato ya tenía la tarea hecha. Y que, además, el que las primeras encuestas lo pusieran en segunda vuelta era suficiente para creer que podría ser Presidente.

Se durmieron en los laureles. Creyeron, ambos, que esto se ganaba con palabras bonitas. Dejaron que avanzaran por su derecha y su izquierda competidores con discursos más consistentes, que apelan a los sentimientos primarios de un país al que se le conquista hablándole de miedo y de injusticia.

Pensó el uno que su figura de estadista, su trabajo sacrificado por la paz (a costa, de la pérdida de su poco caudal político), su talante de señor y el ser de los pocos de mostrar en su desgastado partido eran atributos seductores para un electorado que, según todas las encuestas, increíblemente no se conectó con él. Ni porque se tomara todas las ‘polas’ del mundo en la calle. Ni porque tuviese una buena campaña en redes sociales.

El otro, en tanto, pensó que su ADN de intelectual, su gestión reconocida como administrador público, su imagen fresca, su cercanía con un electorado académico, así como su vicepresidenta combativa y vehemente, lo ponían en la cima. Increíble, el matemático no calculó que sus posturas tibias terminarían siendo su talón de Aquiles. Sumémosle que la exitosa anti campaña del ‘ni ni’ lo descolgó en las mediciones. Algo de soberbia le asiste a las causas del por qué se desinfló.

Nada qué hacer. Olvidaron, ambos, que en este país se dan pocos milagros. Que dividir es más fácil que sumar. Que la Colombia del pos acuerdo y el pos plebiscito no quiere poetas, ni educadores, sino caudillos mesiánicos.

Hoy, después de un mentado café que tuvieron que haberse tomado hace rato (¡ya pa’ que!) y muchas frases de cajón, lo único claro es la incertidumbre. Y en mi caso, la resignación de quien irá hasta el final con el uno, así sepa que ni con él ni con el otro va a llegar a ningún Pereira. Ya fue mucha gracia el triunfo de Antanas.

Siento decirles al uno y al otro que perdieron por malos candidatos. Por no saber enamorar al país. Por ingenuos. Ya es muy poco lo que pueden hacer para detener al puntero del exitoso padrino.

Al final aguardo porque esta columna solo sea un mal sueño. Y que la noche del 27 de mayo celebre que haya segunda vuelta, porque el uno y el otro, resuelto el vericueto jurídico, convencieron a un montón de gente que como yo no se identifica con el que va de primero, ni con el segundo. Padre mío, escucha esta plegaria y recuérdanos que los milagros, y más en política, sí existen.

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