Un abuelo caleñísimo

Un abuelo caleñísimo

Julio 19, 2017 - 11:45 p.m. Por: Paola Gómez

Domingo en la tarde, en la Cali de los 80. Un sol gigante ilumina esta ciudad de pasiones, mientras los sonidos salseros de los negocios de la Calle Quinta alegran el camino de un hombre y su hija, rumbo al ‘sanfernandino’ para ver al Deportivo Cali. El padre va escuchando radio y la niña observa el carnaval de ventas de algodón rosado, mazorcas con mantequilla, banderas...

La niña y el padre llegan justo a tiempo, cuando entonan los himnos, cuando estalla la euforia. Ella mira todo a su alrededor, como si despertara a otra vida, esa que sólo es posible en espacios donde se puede ser absolutamente feliz por un par de horas.

Años después, ella se convierte en adolescente y su padre sufre un desengaño al saberla hincha del América, ‘La Mechita’ que la enamoró por sus hazañas, por su hinchada, cuando ser hincha del América era una epidemia nacional. Esa a la que vio tantas veces en el estadio, cuyas graderías fueron testigo, incluso, de su llanto, arrodillada de espaldas en la suerte de penales, de alguna final de Copa Libertadores.

Germinó la semilla salsera y musical, que a los nacidos en la Sucursal del Cielo les viene en los genes. Y entonces, para ella hubo una y mil noches de felicidad eterna, cuando el estadio fue un escenario gigante de concierto. Allí vio a Celia Cruz, al Gran Combo, Santa Rosa, Grupo Niche, Guayacán, Gustavo Cerati, Juan Gabriel…

Uno de los días que más disfrutó en él fue el 25 de julio de 2013, en la inauguración de los World Games, cuando el Estadio Pascual Guerrero fue la más bella expresión de ciudad, cuando el civismo estuvo de vuelta, aunque fuese por unas horas, como la felicidad, como todo en ese lugar.

La tradición siguió y ahora era su hijo de 5 años, quien descubría la magia del Pascual. Fue una tarde de deportes extraños en los World Games. De ese día, la madre guarda un montón de fotos del niño y su padre en el estadio. Quizás el chiquillo haya disfrutado, pero no tanto como su mamá de verlo ahí, aunque le haya resultado hincha del Cali.

Podría atreverme a decir que todos en Cali hemos tenido algo que ver por lo menos una vez en la vida con el Pascual, ese abuelo caleñísimo que hoy llega a sus 80 años y que hace parte del ADN y de las cosas que amamos de esta ciudad. Por eso nos duele cuando se transforma en un escenario de guerra y enmudece, herido por la violencia.

Por eso rezamos para que no asuste a sus vecinos, que en los 70 y 80, cuando el fútbol era una fiesta, estaban orgullosos de tenerlo cerca. Porque el Pascual siempre ha estado en el afecto de todos, no importa si somos o no futboleros. No importa si somos o no melómanos. Lo que importa es que allí hemos sentido la vida, la ciudad, la brisa.

Fíjense si es grata la existencia: hoy esa niña a la que su papá un domingo en los 80 le presentó el Pascual, le dedica estas líneas en sus 80 años, para decirle que su historia está llena de recuerdos con él.

Sigue en Twitter @pagope

VER COMENTARIOS
Columnistas