Tratados como carros viejos

Abril 14, 2016 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

¿Para qué estudiar si a mí me matan mañana? Durísima frase que ha escuchado una y otra vez la hermana Alba Estela Barreto, que lleva 29 años en el Distrito de Aguablanca y quien conoce de primera mano las necesidades de una zona estigmatizada, a la que se mira como un problema y pocas veces con un mínimo de humanidad. Hay quienes dicen eso porque saben del peligro que corren si se enrolan en las organizaciones sicariales, en las que reciben un sueldo de un millón de pesos y una dotación de moto, celular y arma. Pero qué más da, para ellos en eso termina todo: subsistir. Al final, ¿a quién le interesa que esos jóvenes se sigan matando? ¿Importa, acaso, que en el Distrito durante el 2015 hayan ocurrido el 50% de los homicidios de la ciudad? ¿O que en sus comunas existan 70 pandillas, muchas relacionadas con bandas criminales?Ayer, al comentar mi interés por escribir del tema, alguien que conoce el problema me dijo “a Aguablanca no la salva nada”. La crudeza de la sentencia me dejó en silencio. Intenté comprender que quizás el escepticismo provenía de ver que por años hemos diagnosticado el Distrito como la génesis de muchos de nuestros problemas de violencia. Y al final, todo sigue igual. O lo que es peor, como también lo explicó la hermana Alba Estela en una entrevista para este diario, se empeñan en atender el problema a punta de talleres y talleres, como si se tratara de carros viejos. O a punta de ‘cursitos’ de baile y fútbol. Y entonces alguno de esos jóvenes, cuya vida pende de un hilo, nos da otra bofetada de franqueza: “Vea hermana, dígales a sus amigas que dejen de bobear, nosotros sabemos jugar y bailar. Necesitamos es educación y trabajo”.Por estos días, en el que un nuevo escándalo sacude al país --por cuenta de los cartelitos de la ‘gente de bien’ que se pone de acuerdo con la competencia para que sus artículos sean caros y todos ganen mucho-- siento rabia por esta sociedad tan preocupada por sus bolsillos y tan ajena a la realidad de esa mal llamada ‘otra ciudad’ a la que se mira con vergüenza.Sé de gente del común y organizaciones que respaldan proyectos de emprendimiento y no tallercitos para carros viejos. Y sé también de muchos que aguantan hambre los primeros meses del año, mientras el Municipio gira la plata de los convenios.Cuánto bien nos hace que nos recuerden qué es lo que pasa en esa Cali a la que tanto mal le han hecho la tramitología absurda de los convenios con la Nación y la corrupción de quienes se roban los recursos con programas entregados a amigos, de los que no queda si no el recuerdo de un refrigerio.Más que los líos de la movilidad, de la inoperancia del MÍO o de la inseguridad, el gran problema de Cali es la falta de oportunidades. Porque, tal como la hermana nos lo expresa: “Un país donde su niñez y su juventud no tienen esperanza de vida es una vergüenza; es un país inviable”.

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