Sin perdón no hay paz

Octubre 24, 2013 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

La ira es una emoción disfuncional que deteriora, hace ver al que la sufre no razonable y afecta, por ende, su aspecto intelectual. Eso, además de que el sentir ira no va a cambiar a la otra persona o el hecho que produce tal emoción. Entonces, esa ira obsesiva termina dañando exclusivamente a quien la padece y no al que la ocasiona. Y pensar que el que la hace la paga ahonda el drama de aquel que cree que sus normas, fruto de su individualidad, son universales y el que no las acata está condenado, cuando el afectado termina siendo usted.Esta explicación del siquiatra Luis Alberto Montejo retrata una conducta transversal a la sociedad: el padre que no le habla al hijo porque “lo defraudó”, el vecino que mata al que le pidió hacer menos ruido; el colega enfurecido porque el otro no hace las cosas según su código de normas; el político que en la retórica del odio aniquila al adversario.Nos habituamos a almacenar rencores y a diseñar estrategias de guerra. Por eso, si alguien nos da una lección de perdón el hecho se vuelve noticia. Y cuando hay historias de reconciliación tan fuertes –como la que ocurre a una hora de Cali donde víctimas y victimarios trabajan juntos en un proceso modelo de reintegración, en la vereda El Arenillo de Palmira– las rencillas que alimentan nuestra ira se ven insignificantes. No es hablar de dientes para afuera. No es una cuestión cosmética de abrazos para la foto. En El Arenillo la reconciliación va paso a paso, superando el trauma, perdonando. (Para ver la historia de reconciliación en la vereda haga click aquí)¿Si tenemos tan buenos ejemplos de reconciliación por qué insistimos en alimentar la ira? Flavio Jiménez es el papá del campeón de bicicross de 14 años, al que mataron hace unos años en Cali por robarle las zapatillas. Flavio perdonó al asesino de su hijo y su historia se replicó en todo el país. Alvaro Giraldo, hermano de Francisco Javier, uno de los 11 diputados del Valle asesinados por las Farc también se curó: “Las Farc mataron a mi hermano. Lo sigo extrañando. Pero doy gracias a Dios por mi paz interior”. María José, la hija de Carlos Pizarro, el mítico líder del M - 19, da otra lección de grandeza: “Yo no recibí el odio como herencia”.Roelf Meyer, víctima del apartheid y negociador de la paz en Suráfrica, define el perdón como un nivel de reconciliación: “si aparece la oportunidad, aprovéchenla. No esperen, porque solo empeorará. Si nosotros hubiéramos empezado en el 85 en lugar del 90, habríamos salvado más vidas”. Asumámoslo: una sociedad incapaz de perdonar no puede anhelar un país en paz. Tampoco es tener la paz a cualquier costo. O negociar las convicciones propias para darle gusto a otro. Pero el que no perdona, como lo resume Gonzalo Gallo “pueden mantener preso por años en una cárcel emocional”. Y eso no es lo que necesitamos en Colombia.

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