Ser reportero

Mayo 10, 2012 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

En un país como el nuestro, donde hay sitios en los que la guerrilla hace de las suyas, se pasea por la plaza, se burla con sorna del campesino, destruye los caseríos de la montaña, amenaza a los civiles y los obliga a ser sus cómplices; se financia con droga y ejecuta ataques demenciales, que le explotan en la cara al más inocente, el ejercicio del buen periodismo es más que indispensable para relatar, reflexionar y descifrar la nuez de esa violencia.Y es más allá de la oficina del director del medio y de los consejos de redacción donde se comprende la magnitud de lo que significa ser reportero. Es en el trabajo de campo, en el ‘ponerse las botas’ y saber cómo y hasta dónde llegar para informar de manera clara y veraz donde esta tarea adquiere su dimensión real.Quienes hemos sido reporteros sabemos cuántas dificultades se enfrentan, hasta dónde llegar, cuántos riesgos se corren, incluso, cuánto hay que aguardar por una noticia y cuán necesaria se hace nuestra presencia en zonas olvidadas, para que se escuche a los que no tienen voz.Por eso, resulta absurdo, indignante e improcedente que las Farc pretendan condicionar la libertad del reportero francés Roméo Langlois a la realización de un debate público sobre la libertad de información en Colombia.Como si ahora la realización de un informe sobre una brigada contra el narcotráfico en Caquetá, de un reportero, al que ellos hoy de manera absurda llaman prisionero de guerra, estuviera mal. No recuerdan que muchas veces se han servido de venderles exclusivas a periodistas (recuérdese los documentales donde se mostraba a los policías y soldados secuestrados, enjaulados en la selva).Esa es la doble moral de una guerrilla miserable y cruel, que desconoce los preceptos del Derecho Internacional Humanitario una y otra vez. Sin duda, el secuestro de Langlois deja profundas reflexiones al oficio, que ya muchos medios están dando: qué indumentaria debe portar el reportero en zonas de conflicto, o en qué casos permitir la presencia de los medios en una misión oficial, entre otras. Y sabemos también los periodistas que la sombrilla de la prensa no nos hace todopoderosos y nos exonera de respetar las reglas, con el pretexto de la libertad de expresión.Pero lo que sí no podemos permitir quienes ejercemos el que García Márquez bautizó como el mejor oficio del mundo, es que un grupo armado ilegal pretenda silenciarnos y hacerle un juicio a nuestra labor. Por eso, además de las voces de las entidades que nos representan están las de todos esos periodistas invisibles, que en algún momento han estado en un situación parecida a la de Langlois. Porque ellos sí tienen claro lo que es ser reportero en un país como el nuestro.

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