Los niños de Toribío

Julio 14, 2011 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

En Toribío, los niños aprendieron a coleccionar casquillos de bala, como quien colecciona carritos. Aprendieron que esos casquillos era posible intercambiarlos por chicles o bombones. Aprendieron que la guerra no es algo abstracto de lo que se habla en los libros de historia, si no ese fantasma que se esconde en las montañas que los rodean y de vez en cuando baja a su pueblo, con la fuerza de un terrorismo que no se compadece de nada.En Toribío, los niños reciben una instrucción especial para saber cómo enfrentar un hostigamiento. En un video hecho por la comunidad se muestra cómo los pequeños son entrenados para arrastrarse en sus aulas y esconderse en caso de que suenen los disparos, mientras ellos aprenden trozos del Himno Nacional. En Toribío, ese pedazo del Cauca tantas veces destruido por los bombardeos indiscriminados, los niños juegan fútbol en la calle, al lado de las barricadas instaladas para repeler los ataques. Y tal como ocurrió el viernes pasado, un día antes de la explosión de la chiva bomba, al final de la tarde escuchaban a lo lejos los disparos que presagiaban lo que estaba por venir. Y como en tantos otros pueblos donde los niños crecen en medio del conflicto, en Toribío se juega al guerrillero y al policía, con la amenaza latente de que quizás ese juego de niños sea una especie de premonición de un destino del que difícilmente podrán escapar: la guerra.Esa es la otra cara de la tragedia del Cauca. La tragedia de un pueblo donde a sentir del padre italiano Edzio Guadalupe, la guerrilla no tiene piedad, no respeta el Derecho Internacional Humanitario. Un pueblo donde el alcalde, Alberto Banguero, clama porque no estigmaticen a quien obligan a entregar su casa como trinchera. Un pueblo que ya no le teme a la muerte, porque ha visto su rostro decenas de veces.Y en medio de ese drama cíclico, repetido, están los 1.200 niños de la escuela que cambian casquillos de bala y se entrenan para que las metrallas no los alcancen en plena clase. ¡Qué tristeza más grande! No es posible que tanta desolación se condense en un solo pedazo de la tierra. ¿Será mucho pedir que al menos unos visos de esperanza se cuelen por entre las faldas de la montaña y lleguen a Toribío, a Caloto o a Corinto? Sobre todo en estos días lúgubres, de mutismo, de duelo. ¡Ya estuvo bueno de tanta barbarie! ¡Ya estuvo bueno de tanta maldita guerra!

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