La solemne intolerancia

Junio 20, 2013 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

Que los notarios no pueden casarlos. Que la comunidad LGTBI va a protestar en las notarías. Que ya existe una unión de hecho, que incluso les reconoce más derechos que la unión contractual solemne. Que viene un huracán de tutelas para exigir matrimonio. Que la Iglesia pide objeción de conciencia, para que los notarios se abstengan de solemnizar la unión. Que dicha objeción no aplica porque los notarios son servidores públicos, que finalmente están haciendo un documento igual a una promesa de compra venta. Que la polémica está que arde.No pienso dictaminar qué debe hacerse en Colombia con las uniones gay, desde el simple prejuicio de quien opina y condena desde una orilla del pensamiento. Menos, con un punto de vista que destile pasión exacerbada, como suele ocurrir con este asunto. Lo que creo, más allá de la discusión del día, es que en este país debemos aprender a mirar el universo LGTBI de una manera distinta. Que sus derechos no pueden seguir siendo subestimados, porque no son ciudadanos de tercera. Que sus sentimientos, gústenos o no, no pueden ser satanizados con un dardo en la mirada o un señalamiento estigmatizante.Es muy claro que este asunto de la unión contractual solemne, que a partir de hoy debe realizarse en las notarías de Colombia no es más que un contentillo frente al no del Congreso al matrimonio igualitario, donde hasta politiquería y acuerdos con cristianos se hicieron por debajo de la mesa, al mejor estilo de algunos honorables padres de la Patria, que de triquiñuelas y explotación mediática sí que saben.Es claro también que el procurador Ordóñez y los jerarcas de la Iglesia tienen derecho a exponer su punto de vista, y a defender los principios que los inspiran, siempre y cuando no ofendan a los de la otra orilla. Pero nosotros, que vivimos en una sociedad moderna, que tenemos capacidad de discernir y elegir qué pensar en un mundo distinto a la edad media, somos quienes debemos entender el respeto, la diferencia y educar a nuestros hijos en los valores, para que defiendan lo que piensan, sin atacar a quien eligió un rumbo distinto.Soy católica. Heterosexual. Casada por la Iglesia. Y pienso que las parejas de un solo sexo tienen derecho a que se les reconozcan sus derechos civiles. Así como la Iglesia Católica tiene derecho a no permitirles el matrimonio católico, pero hasta ahí. No creo que dos personas del mismo sexo tengan que someterse al escarnio público, como tampoco creo que por ser diferentes les asistan privilegios.La cuestión es simple: tolerancia y respeto. Algo transversal a toda actividad humana, a veces ajeno al universo LGTBI, que a fuerza de las circunstancias enarbola una bandera para defender lo que cree justo. Eso, mirar el asunto desde la raíz, resulta más trascendental que la mera discusión del matrimonio igualitario y la unión contractual solemne. Porque lo que hasta ahora estamos viendo no es más que una nueva muestra de solemne intolerancia.

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