La paz de los insultos

Julio 21, 2016 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

“Lo que está pasando en La Habana es la firma de un papel y ya. Pero la verdadera paz inicia desde tu hogar.”. Quien habla es Jorge, un desmovilizado de las Farc que estuvo en la guerrilla siendo niño y quien ahora, reinsertado a la vida civil, dicta talleres y trabaja con la Asesoría de Paz del Municipio.Traigo la frase a colación porque luego de escuchar a varias víctimas y protagonistas del conflicto, el concepto se repite una y otra vez: la paz empieza por nosotros mismos. Hoy, cuando el país está expectante a la firma del acuerdo final con las Farc y a la refrendación o no del mismo a través del plebiscito, vale la pena revisar de qué manera estamos asumiendo esta realidad: si somos de los que salimos a hacer la guerra o por el contrario, de los que practicamos la paz.Porque si algo ha quedado en evidencia en los últimos años en Colombia es que además de polarizarnos en una u otra orilla y de pensar que solo nuestra opinión es válida, es cuán armados estamos desde el discurso para aplastar al otro a punta de improperios. Se nos volvió costumbre defender o atacar la paz a punta de insultos. Y en ese tira y afloje se disparan palabras cargadas de rabia, que por muy brillantes que nos parezcan y por muchos aplausos que recibamos de la audiencia, no son más que un discurso de violencia, al que de manera muy conveniente llamamos vehemencia. Porque una cosa es el argumento serio, la firmeza y el valor y otra muy distinta la frase hiriente, el estigma y el agravio. Es innegable que muchos de nuestros líderes se encargaron de alinearnos en sus bandos, para convertirnos en reclutas útiles de su evangelización. Y nosotros, muy bien entrenados, salimos a pontificar con gran habilidad verbal y de paso calificamos al otro de ‘castro chavista’ o de ‘paraco furibista’, según sea el caso. Y eso nos parece muy gracioso e inteligentísimo: ultrajar y en nuestra inmensa soberbia posar de dueños de la verdad revelada.Creo que si por algo debemos empezar es por acabar con nuestras guerras intestinas, si es que algún día queremos que este país sea distinto. Y educar para el respeto, para el derecho a la diferencia, antes que adoctrinar más combatientes del odio, en un mundo ya plagado de odios. Porque más allá de que usted apoye el Sí, el No o la abstención al plebiscito, todas posiciones respetables, está la actitud con que se enfrenta al otro; a su hijo, al vecino, al compañero, al amigo. Eso, además de comprender que no es con insultos como se critica o se defiende lo que usted en su sabiduría entienda por vivir en paz. Sigue en Twitter @pagope

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