El discurso del odio

Agosto 15, 2013 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

En un país atravesado, sacudido y acostumbrado a la violencia como el nuestro, se volvió habitual el insulto como la más poderosa herramienta para aniquilar con palabras a quien por el calibre de los argumentos pareciera disfrutamos odiar.Seguramente en esa secuencia de violencias urbanas y rurales se encuentre la génesis de un odio adherido al pensamiento de quien no conoce manera distinta de expresar sus opiniones, a las frases salpicadas de veneno.¡Vaya paradoja! En un país cuya mayoría aguarda porque se produzca la fumata blanca de La Habana (aunque sea legítimo mantener cierta dosis de escepticismo sobre el proceso con las Farc) los colombianos aprendimos a comunicarnos con palabras que muchas veces disparan.¿Es normal que se convoque una cadena de mensajes insultantes al presidente Santos tal y como ocurrió hace cinco días, bajo el rótulo de ‘#Feliz cumpleaños gran canalla’? ¿Está bien que en esa cadena al ‘gran canalla’ virtual alguien tilde de traidor, manipulador y hasta de rata inmunda, Chucky de la mierda? ¿Es aceptable que alguien reenvíe imágenes de Santos en la supuesta taza de un inodoro de una de las casas gratis, con una leyenda que dice: seguite cagando en Colombia?En la otra orilla de este río de emociones en que se convirtió el país, donde pareciera haber lugar solo para dos extremos, los detractores de Uribe usan su talento dialéctico para disparar su fusil de barbaridades contra el que por bajito tildan de narco paraco y por lo alto de Uribestia, nazi de sangre paisa o asesino resentido.Si la gente del común escribe mensajes de odio contra Santos y Uribe, ¿qué esperanzas de paz vamos a tener en Colombia? Mucha violencia en el discurso. Mucho odio en las palabras de gente que ni siquiera ha sufrido la guerra. Dejo claro que no escribo desde ninguna de las dos orillas de la polarizada política. También, que creo que mucha de esa inspiración de ofensas es incitada por protagonistas de la realidad nacional. El mal no es exclusivo de los seguidores de la pelea entre esos bandos que llevan años disparando palabras y trinos cargados de odio. Mire no más el tono de muchos comentarios bajo las columnas y noticias en los portales web de los medios. Siga las peleas que arman algunos (no todos) y el cilindraje de sus diatribas.La reflexión perfectamente la podemos trasladar a distintas instancias de la realidad y descubrir cómo el lenguaje se convirtió en un arma de guerra. En un precioso insumo para la violencia. En un serial de combinaciones capaces de producir el más poderoso escupitajo de palabras que queman, como el ácido.Difícil imaginar una Colombia en paz cuando estamos armados hasta para hablar. Difícil creer que hayamos convertido en deporte el arte del insulto y no sintamos vergüenza por ello. Bienvenida la crítica, el disentimiento, la agudeza y la vehemencia en la exposición de ideas, siempre. Y que se imponga por referendo un plan desarme, para reducir a toda costa las elevadas estadísticas de ofensas, que han convertido en un flagelo nacional el discurso del odio.

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