El Calvario

El Calvario

Abril 11, 2013 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

Acabar con las ollas en 60 días. Aún no logro descifrar la dimensión de esa frase del presidente Santos, al mandar a todos los comandantes de Policía del país a combatir esos sitios oscuros que asustan al ciudadano de bien y la estética postal de una ciudad soñada. Sí, seguramente hay una buena intención en la orden presidencial. Pero un poco ingenua y hasta simplista. Como si erradicar las ollas consistiera en capturar jíbaros. Como si fuera una labor meramente policial, cuando en realidad en esos micro mundos el deterioro social ya hizo metástasis. Como ocurre en nuestra olla, ‘ El Calvario’, donde existen 1.400 habitantes, pero no existen. Donde la intervención social, como a bien lo dijeron especialistas consultados en un informe de este diario, está en pañales. Donde la presencia del Estado es casi nula, porque quizás la única entidad que le ha apostado a un proceso serio y sostenido en el tiempo es la Iglesia a través de Samaritanos de la Calle, ese puñado de caleños, que de la mano del padre José González los redimen de una manera integral y quijotesca.Un oasis en medio de un desierto en el que hay poca presencia gubernamental. Incluso, por un trámite administrativo que ha frenado un desembolso, el hogar de paso de Samaritanos lleva un buen tiempo cerrado. Y la mediática frase de acabar con las ollas para lo que ha servido, además de operativos relámpago, es para desnudar cuan lejos estamos de una seria intervención social.No hay un solo día en el que al pasar por la Quince deje de mirar hacia uno de esos callejones de El Calvario y El Sucre, tratando de descifrar qué hay detrás de cada uno de esos rostros. El del niño de 9 años pegado a una botella de bóxer. El del limpiavidrios que asusta con su abandonada presencia. El de la mujer medio desnuda que busca cliente en las afueras de un inquilinato, cuando apenas inicia el día. El del adolescente que arrastra cartones rumbo al corazón de ‘la olla’. El del anciano ciego al que un hombre lleva de la mano, para pedir limosna…No son instantáneas de un informe social. Son la cruda verdad de una ciudad que sueña con una renovación urbana tantas veces anunciada, para tratar de eliminar con un borrador esa imagen fea, como quien va al cirujano plástico a reconstruirse el rostro. Difícil imaginar que la olla desaparezca en 60 días, sin un esfuerzo serio y menos populista que el anunciado. Sé que no es fácil. Que han sido años de abandono, quizás por lo imposible que parece la misión. Pero si por algo se empieza, creo que es por la mirada solidaria del ciudadano común. Y por hacer de ejemplos como el de Samaritanos, un sistema público e integral de atención y no un esfuerzo aislado, al que solo se reconoce con aplausos cuando cumple años.Esa y no otra creo que es la manera más honesta de enfrentar un drama complejo como el que se vive a diario en ese pedazo de Cali, signado por un nombre que más parece una maldición: El Calvario.

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