Duarte Cancino, ¿otro crimen impune?

Marzo 28, 2013 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

Suena duro, pero parece que así será: el crimen de monseñor Isaías Duarte Cancino, cometido el 16 de marzo de 2002, frente a la Iglesia del Buen Pastor, camina rumbo a la impunidad como tantos otros magnicidios en Colombia.Si bien es cierto que la versión de que fueron las Farc siempre ha estado en tela de juicio –por considerar que las posiciones del prelado fueron más duras contra el narcotráfico– el que ahora se conozca un fallo del Tribunal Superior de Cali revocando la sentencia que condenaba a cinco miembros del secretariado de las Farc debido a la insuficiencia del material probatorio, vuelve a poner el caso en el limbo de la Justicia, que puede tardar décadas en resolverlo, si es que lo resuelve. (Recuérdese caso Palacio de Justicia).Para no profundizar en los tecnicismos judiciales de un proceso que ha dado más de un giro inesperado, y que ya cumple once años de investigación, vale la pena recordar que uno de los sindicados de disparar contra el prelado fue asesinado y otro de los condenados se fugaba de la prisión para ‘hacer vueltas’, como la muerte del recordado Arzobispo de Cali.Eso para demostrar la fragilidad del sistema judicial y para entender el enojo de monseñor Darío Monsalve quien exclamó indignado: “Seguimos lamentando la impunidad en Colombia. Los magnicidios en este país están en manos de los campeones de la mentira. El problema es que nadie investiga quiénes son esos mentirosos”.La lista de magnicidios impunes es larga. Como los ocurridos en ‘la horrible noche’ del narcotráfico cuando cayeron candidatos a la Presidencia como Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez Hurtado, por citar apenas un par de casos. Circunstancias similares a la de los magnicidios han rondado los crímenes cometidos contra periodistas que se pronunciaron duro contra el narcotráfico y la corrupción: Guillermo Cano, exdirector de El Espectador; Orlando Sierra, exdirector de La Patria, y Gerardo Bedoya, exeditor de Opinión de este diario.En plena Semana Santa, la incierta suerte del caso de monseñor Isaías Duarte Cancino, cae como un baldado de agua fría a la feligresía que espera justicia.Por eso, antes que resignarse frente a lo que parece inminente es preciso que se encause la investigación, con el paso del tiempo en contra, para que el crimen del llamado ‘apóstol de la paz’ no se pierda en medio de los anaqueles de una Justicia caótica y convulsionada como la nuestra.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad