A Johan Steven

Diciembre 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Paola Gómez

Tengo la memoria llena de imágenes de ti. Te recuerdo envuelto en una bandera de Colombia, ese 12 de diciembre del 2008, cuando te movías en un escenario al lado de Juanes, quien cantaba una de esas melodías contra el secuestro: “Y que no muera nunca nuestro amor, eso sueño yo, y que se fundan balas para hacer campanas de libertad”. Esa noche, en tu camiseta blanca estaba plasmada la imagen de tu padre, el sargento José Libio Martínez, el hombre que hasta el sábado ‘ostentó’ el trágico título de ser el secuestrado más antiguo del mundo: 13 años, 11 meses y 5 días. Aún tenías voz de niño, y tus lentes ocultaban la timidez de ese pequeño humilde que crecía esperando al padre que nunca conoció; el padre que la guerrilla secuestró cuando apenas llevabas tres meses en el vientre de su madre. Tu historia, extraída de la más cruel de las páginas de nuestra realidad, nos conmovió a los que sentimos este país en cada fibra de nuestro cuerpo. A los que el sábado al mediodía no contuvimos el llanto, al saber que esa guerrilla despiadada había fusilado a cuatro héroes en la selva y que entre ellos estaba tu padre, Johan Steven.¿Cómo crece un niño que desde que nació estaba signado a ser el símbolo de un drama, que más parece una novela de horror? ¿Qué tiene en la cabeza un pequeñín que tuvo que contarle su vida a su padre por una emisora? ¿Un niño que aprendió a hablarle al país bajo esos reflectores, a veces intrusos, que grabaron su vida, desde sus primeros días?Te recuerdo también caminando para pedir la libertad de tu padre. Y se asoman lágrimas al leer esa carta que escribiste en septiembre de 2010: “...es duro ver cómo los demás niños salen a los parques con sus papás. Yo quiero ser uno de esos niños que juega con su papá, que crece a su lado, que es feliz con su papá. Señor Cano, le pido por favor que lo liberen: mire que ya son doce años de sufrimiento, que todos los días pienso en él...”.¡Cómo nos dueles, pequeño héroe! Y no sabes las inmensas ganas que siento de abrazarte y fundirme contigo en el llanto, diciéndote que siempre te he llevado en mi corazón. Que siento que esta, la tercera carta que te escribo en este diario, sea la más dolorosa. Porque esa otra imagen que me da vueltas en la cabeza es quizás la que más se resiste a desaparecer: vas enfundado en un saco de luto largo, de la mano de tu madre, con un rictus fúnebre y esa voz gruesa que dice con firmeza “señores de las Farc, ustedes me rompieron las alas y el sueño de ver a mi padre. No esperaba que me lo mandaran en un cajón. Liberen a los demás. Que no haya más niños como yo, sufriendo este dolor... Gracias a Colombia por haber orado junto a mí...”.Ojalá el cielo te cubra de fortaleza, de resistencia. Y a Viviana, la adolescente hija del coronel Duarte. Y a las familias de Álvaro Moreno y Elkin Hernández. Ojalá tanta tristeza sirva para que el mundo sea más benévolo contigo. Ojalá que el tiempo no haga que este país se olvide de tu historia y de tu valentía. Hasta siempre, mi pequeño Johan. A la distancia ruego porque el dolor se aleje de ti.

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