Tomémonos en serio

Mayo 11, 2013 - 12:00 a.m. Por: Paloma Valencia Laserna

Algo que no deja de ser sorprendente en el debate de las ideas es que, en general, los colombianos no se toman en serio las posiciones que no se ajustan a su pensamiento.Algunos, los más básicos, acuden a insultos y sobrenombres para despreciar al interlocutor. Esos ni siquiera se toman el trabajo de oír o leer. Se regocijan en el sentimiento infundado de superioridad frente a lo que creen saber. Otros eluden el debate con atajos que tienden a la descalificación o a la simplificación de los argumentos opuestos. Esta que es la falta de respeto intelectual más recurrente y simple, caricaturizar para ganar el debate por W, podríamos decir. El ejercicio honesto del diálogo y el intercambio de ideas exige entender a la contraparte ideológica: hacer de sus argumentos la mejor interpretación posible. Y por eso me atrevo a compartir una de las lecciones más grandes que me dejó mi formación. Sapientes profesores como Eduardo Álvarez-Correa y Daniel Bonilla, entre otros, me ayudaron a entender que en el fondo de todos los debates jurídicos y políticos estamos confrontando valores, principios, derechos. Por eso, todas las posiciones tienen un valor que debe ser examinado. Entender el problema jurídico, equivale a entender, cuáles son los valores o los principios que se enfrentan. No existen entonces problemas simples; pues no existen valores insignificantes.El ejercicio hermenéutico tiene que partir de esa premisa ineludible, para luego avanzar en los argumentos que permiten jerarquizar los valores en disputa. Argumentos son razones que permiten decidir por qué la decisión que favorece uno de los valores, y que correlativamente lesiona otro, es mejor que aquella que lo hace de manera inversa. Este es pues la segunda gran lección; privilegiar un valor implica, necesariamente, que otros están siendo considerados como menos importantes. Los argumentos entonces deben respaldar las razones que respaldan al valor que pretenden elevar, y al mismo tiempo deben tener consideraciones en torno a las consecuencias de la jerarquía propuesta; deben observar lo que significa que el valor antagónico sea apreciado como jerárquicamente inferior. No podemos ser ingenuos y dejar que el deseo y la ilusión se mezclen con las realidades concretas. Es un falso dilema el que pretenden plantear según el cual lo que está en juego es Paz vs Justicia, o Paz vs Guerra. Todos sabemos que con la mera firma no habrá paz; subsistirán grupos ilegales tanto o más poderosos, y el negocio del narcotráfico será incentivo para nuevas organizaciones delincuenciales. Todos sabemos que aún sin la firma, la judicialización de los narcoterroristas de las Farc será difícil.Con este contexto, los debates que sacuden la política colombiana son difíciles y no admiten descalificaciones simplistas. En el tema de las negociaciones de la Habana están quienes consideran que la paz se acerca con la militancia política de los violentos; opuestos estamos quienes creemos que por el contrario convertir la violencia en vehículo de acceso a la política es una manera de perpetuarla. Para unos ceder y otorgar beneficios a los violentos se justifica por la reducción de violencia; para otros los premios a los violentos lesionan las instituciones y desfiguran la noción de obligatoriedad de la ley. Cuánta justicia, cuánta reparación, y cuánta verdad determinarán el futuro del proceso, pero también el de Colombia. Debemos comprender los riesgos que supone cada visión; pues como sucede tantas veces en la historia no hay solución perfecta.

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