Secuestro de la paz

Mayo 04, 2013 - 12:00 a.m. Por: Paloma Valencia Laserna

Esta no es una negociación de paz; las Farc no tienen un mínimo asomo de arrepentimiento; vienen en pie de lucha y como vencedores ante un Estado débil que parece haber claudicado ante los violentos. El proceso de negociación de La Habana se parece más a la negociación de un secuestro. La paz está secuestrada. Un pedazo está en manos de las Farc, pero el resto está retenido por otros tantos grupos armados al margen de la ley, por pandillas callejeras, por delincuentes comunes. Las preguntas de la familia del secuestrado son las mismas que debe enfrentar la sociedad colombiana. ¿Tiene precio un ser querido? ¿Qué tanto se paga por liberarlo? ¿Cuánto cuando el secuestrador nos ofrece sólo un pedazo?Algunos en el fanatismo de la añoranza se despachan contra quienes no quieren ponerle precio la paz. Alegan falta de cariño; como si fuera posible pensar que quienes resistieron el secuestro y se negaron a pagar el rescate fueran menos víctimas del dolor. Quienes no quieren pagar la extorsión, no son enemigos de la paz, simplemente la entienden ligada al largo plazo. Si se cede a la extorsión hoy, tendremos que seguir pagando a los sucesivos secuestradores. Pagar una extorsión no previene que otros o los mismos vuelvan por la misma senda para obtener nuevos o mejores pagos. No pagar es una opción difícil porque significa postergar el resultado de la paz, con miras a obtenerla de una manera más estable. No pagar significa privarse de lo más querido, con la ilusión de que ese sacrificio garantiza un mejor futuro. Entre quienes están de acuerdo con pagar el rescate, existe el reconocimiento de que no seremos capaces de obtener la paz de otro modo. Se declaran incapaces de ganarle la pelea al crimen. Esta parte de la sociedad colombiana que se aboca entonces a pagar el rescate debe enfrentar la pregunta que muchas familias de colombianos se hacen cuando el ser amado es secuestrado: ¿Cuánto vale? ¿Cuánto pagar por el ser querido? ¿Cuánto ceder por la paz?Para unos la paz lo vale todo. Es el fin supremo y todos los medios se justifican para alcanzarla. Aún cuando se acepte el razonamiento, aquel no es aplicable a este caso. Las Farc no son las exclusivas secuestradoras de la paz; parte de ella yace en manos de otros violentos. En ese contexto aparece claro que cederlo todo es contrario al interés de la paz. ¿Cómo se pagará a los otros secuestradores? ¿Hasta dónde el pago se convierte en un incentivo para futuros secuestros?No son cuestiones menores. El anhelo por la paz no puede debilitar la negociación. Cada vez que las Farc se pronuncian desde la Habana queda la impresión de que la extorsión de las Farc aumenta. No hay en los terroristas el menor asomo de contrición. Nos tratan como tratan a las familias de los secuestrados: nos hacen sentir que para ellos la paz no tiene ningún valor; que el tiempo no importa, que ellos tiene el poder. Han descubierto, además, las debilidades de Santos: su afán releccionista, su desesperado deseo por firmar un documento que le devuelva credibilidad a su gobierno, su falta de límites que incluso lo hace cómplice de la caída de la democracia en Venezuela.Los procesos de negociación no deberían ser como los de un pago de un rescate. La justicia transicional se usa para darles reconocimiento a los actores políticos, pero no a los viles secuestradores. La paz es un miembro de la familia colombiana que todos extrañamos y reclamamos; pero no puede justificar que los criminales nos dominen, menos aún que nos gobiernen.

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