Qué desorden

Septiembre 14, 2013 - 12:00 a.m. Por: Paloma Valencia Laserna

La debilidad de Santos es evidente, no sólo por la encuestas, sino por el estancamiento en el que están todas las áreas del país. Con el paro, Colombia notó el desgobierno y la falta de orden. El gobierno no logra organizarse, y el caos se extiende por el país sin que sea posible detenerlo. La debilidad institucional se agrava, los ciudadanos han ido perdiendo confianza en el Estado, no le creen. Es un hecho grave. El drama de los Estados latinoamericanos es doble; por una parte tienen que vivir en un permanente esfuerzo por legitimarse, y al mismo tiempo, tienen que lograr convocar a una ciudadanía -con bajos niveles de homogeneidad- para que se comprometan en torno a unas leyes y el respeto a una autoridad en construcción. El pacto social es débil; los niveles de identidad, precarios y solidaridad entre los ciudadanos apenas se visualiza. Muchos consideran que la ley no hay que respetarla si es posible romperla sin ser castigado. Existen ciudadanos que hacen el cálculo costo-beneficio para decidir si cumplen o no la ley; y con la baja probabilidad de que exista sanción para quienes la incumplen, muchos optan por no hacerlo. Para algunos se trata de una falla de los países en vía de desarrollo, incapaces de hacer cumplir la ley. Considero que no es así. Ningún país, ni aún las potencias, estaría en la capacidad de contener la desobediencia social; se requerirían grandes y poderosos ejércitos, y un ejercicio de fuerza superior a que podría soportar un régimen. Un escenario así, ya no es contención, sino guerra. La fuerza pública se usa de manera residual, para rebeldías, violaciones esporádicas. Eso genera la impresión de que la fuerza pública contiene, y es capaz de hacerlo siempre, cuando en realidad lo que muestra es que el pacto de vida social, está funcionando, la gente está comprometida con la sociedad en la que vive. La obligación de cumplir la ley no debe venir de un cálculo, sino de la convicción de que sin ella la vida en sociedad es imposible. Diríamos que es un imperativo categórico, cuyo cumplimiento no debe tener pretensiones más allá de la satisfacción del deber cumplido. La función de la democracia no es sólo elegir a quien administra y gobierna; quien gana tiene que tener liderazgo para servir como imagen nacional, continuar con el proceso de legitimación estatal y avanzar en la consolidación de un pacto social. Por eso la debilidad de los mandatarios es muy grave. Esa baja gobernabilidad, la falta de orden, retrotraen el proceso. Los ciudadanos pierden confianza en las instituciones, el respeto por la autoridad decae, el deseo de cumplir la ley se debilita. Todo esto lo demuestran los hechos que estamos viviendo en los ataques a los policías, el vandalismo, el desorden general. También preocupan las crecientes cifras de desfavorabilidad que tienen las instituciones en las encuestas. Este gobierno tiene que hacer un esfuerzo. Ya le reelección no le será posible, y tal vez sin esa tentación es posible que abandone esa tendencia a ser complaciente con todos, avance en tomar decisiones, aplicarlas y defenderlas. La política no es el arte de lo neutro, es el ejercicio de liderazgo para producir cambios dentro de las instituciones, avanzar hacia unas metas por las que los ciudadanos votaron. Nota: Ojalá la Corte Constitucional se comprometa con el propósito nacional de defender el archipiélago de San Andrés y Providencia y el mar que le corresponde y sobre el que ha ejercido soberanía desde hace ya muchos siglos.

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