El invierno

El invierno

Diciembre 11, 2010 - 12:00 a.m. Por: Paloma Valencia Laserna

Una de las consecuencias que los expertos atribuyen al fenómeno del calentamiento global sobre Suramérica es que los patrones de lluvia se alteraron dramáticamente; los fenómenos como la Niña se intensificarán y ocurrirán con mayor frecuencia inundaciones y sequías. Así es y seguirá siendo. En 1999 Venezuela tuvo las peores lluvias en 100 años que dejaron 15 mil personas muertas; este año el fenómeno está prácticamente repitiéndose. En 2000 Buenos Aires tuvo las peores lluvias en 100 años, cuadruplicando el promedio mensual en 5 días, y en febrero de este año las lluvias también fueron torrenciales. En 2001 se reportaron las peores inundaciones sobre 3.2 millones de hectáreas de las pampas argentinas. En 2002, en La Paz, un aguacero torrencial les costó la vida a 69 personas, y Bolivia inició este año con parte de su territorio bajo el agua y más de 15 mil familias damnificadas.Colombia no está preparada para enfrentar estas tendencias climáticas, a pesar de que varios estudios han dicho que enfrentaremos intensos periodos de lluvias en las cordilleras y sequías sobretodo en las zonas amazónicas y la Costa Caribe. Uno de los retos del cambio climático es que requiere que la toma de decisiones para prevenir y mitigar sus efectos se realice antes de que los acontecimientos ocurran. La visión a largo o mediano plazo nos es ajena. A duras penas podemos reaccionar sobre los hechos ocurridos y subsanar algo en medio de los desastres. El subdesarrollo está ligado a esa imposibilidad de ver hacia delante, pues los agobios del presente consumen toda la energía y los recursos. Es un círculo vicioso con consecuencias terribles.Zonas que por su vulnerabilidad geográfica -junto a los ríos de cauces que se inundan o en zonas deleznables- deberían estar deshabitadas, siguen siendo ocupadas por los más vulnerables. El déficit de vivienda en el país es tan alto que tras una tragedia, una vez son evacuadas las personas y ubicadas en nuevas zonas con el beneficio de una casa, aquellas zonas peligrosas son vueltas a ocupar. A veces por mera necesidad, a veces como un mecanismo eficiente para llegar a tener una casa. Incluso en algunas de ellas se cobra por tener acceso a esos peligrosos lotes que son la puerta a la resolución o a la muerte. Lo cierto es que cada año vivimos lo mismo, y se promete lo mismo, como un corto macabro donde sólo cambian la caras y que continúa hasta el infinito. Colombia tiene que hacer un esfuerzo no sólo para atender a las víctimas de esta tragedia invernal, sino para evitar que se repita. No podemos controlar la lluvia, pero sí prepararnos para los escenarios abruptos que, ya sabemos, empezarán a ser frecuentes. Se requiere un cambio en la administración pública, que llega a estar tan desligada de los problemas climáticos que por ejemplo ‘olvidó’ los canales de lluvia en Transmilenio; cómo si no lloviera en Bogotá.Sin ser experto se sabe que son necesarios mejores sistemas de drenaje en las ciudades y reservorios cercanos con la capacidad de recibir y preservar las aguas lluvias. Mejorar los cauces de los ríos, arborizar zonas riesgosas. Preparar las ciudades para las previsibles y constantes migraciones de desplazados y evitar que se ubiquen en zonas peligrosas. Es prioritario planificar, tener en cuenta lo que pasará mañana y no seguir descubriendo cada año lo que ya debimos haber hecho. El esfuerzo no es sólo socorrer, es prevenir; prever.

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