¿Y si aquí tiembla?

¿Y si aquí tiembla?

Septiembre 21, 2017 - 11:45 p.m. Por: Ossiel Villada

Setenta y dos horas. Los protocolos internacionales coinciden en que ese es el plazo de la etapa más crítica para rescatar a una persona atrapada después de un sismo. Eso significa que hoy viernes, mientras vos leés este periódico o jugás con tu perro o planeás las próximas vacaciones o te aburrís con la vida que llevás, hay gente en México a la que se le agotó ese plazo. ¿Qué harías si supieras que solamente te quedan 72 horas de vida?

Nadie sabe cuántos son. Lo cierto es que muchos están allá sepultados bajo toneladas de concreto. Unos casi sin poder respirar, otros mal heridos y algunos con solo unos cuantos golpes, pero todos librando una batalla contra la sed, el hambre, la angustia y sus miedos.

Apenas 72 horas de esperanza. La posibilidad de vivir en esas condiciones después del plazo mortal, dicen los expertos, depende de un milagro. Ojalá Dios ande generoso por estos días.

¿Qué pasaría si un terremoto como el de México ocurriera en Cali? ¿Estaríamos preparados? ¿Podría la ciudad responder ante una tragedia de esa magnitud? ¿Sabríamos cada uno de nosotros qué hacer? La respuesta a casi todas esas preguntas, como lo reveló un informe del reportero Felipe Salazar en este mismo diario, es no.

Dos datos de ese informe me impactaron. El primero es que “Cali está ubicada en suelos vulnerables, arcillosos. A esto se suma que la ciudad se posa sobre fallas geológicas, como la Cali-Patía, y que tiene cercanía geográfica con las placas tectónicas de Nazca y Suramericana, que son muy activas”.

Y el segundo es que “más del 70 % de las edificaciones de Cali están en alto riesgo sísmico, porque se construyeron antes que se expidieran las normas de sismo resistencia”.

Cada vez que ocurre una tragedia como la de México, las autoridades de nuestro país salen a decir lo mismo: “Nos estamos preparando”. Pero basta un poco de investigación para saber que no es cierto. Que la plata de la prevención también se esfuma entre los oscuros entramados de la contratación pública.

Y nosotros, los ciudadanos, salimos a compartir videos impactantes por las redes sociales, a hablar en el almuerzo de las escenas del rescate y a olvidar, poco a poco, lo que pasó. Porque, realmente, a nadie le importa. En esta tranquila burbuja que nos ha creado la modernidad, con internet y celulares a bordo, nos creemos a salvo del horror. El espanto es siempre para los demás.

Nosotros tenemos muchas otras cosas de qué ocuparnos: buscar nuevos argumentos para odiar al otro. Perfeccionar los mecanismos para desfalcar al Estado. Trabajar 20 horas diarias para probar lo inteligentes que somos. Encontrar al próximo político que venga a salvarnos. Acumular más de eso que no necesitamos. Tomarnos la ‘selfie’ que demuestra lo felices que somos.

Hasta el día en que el espanto llegue y borre de un manotazo todo ese mundo lindo que creíamos inmortal. Tal vez se caiga la escuela en la que estudian nuestros hijos, porque el político por el que votamos se llevó la plata destinada para construirla bien. O la casa con nosotros adentro, porque el inversionista que la hizo decidió que quería ganarse un peso más. Y ese día, tal vez atrapados entre toneladas de concreto, estaremos diciéndonos cómo pudo pasarme a mí.

Puede que un día ocurra. O tal vez no. Nadie lo sabe. Y no vale la pena quedarse en eso. La vida es en sí misma un riesgo y el azar una regla de juego inevitable.

Todo esto para decirte que el interrogante con el que inicié este texto no es correcto. Ni importante. La pregunta valiosa es Qué vas a hacer con la vida si por desventura te llegan esas 72 horas.

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