Pobrecito Duque

Pobrecito Duque

Marzo 22, 2018 - 11:40 p.m. Por: Ossiel Villada

Al margen de lo que ocurra en los próximos dos meses, la foto de la política colombiana hoy muestra un hecho que nadie puede negar: la posibilidad muy alta de que Iván Duque Márquez, candidato del Centro Democrático, sea elegido como próximo presidente de los colombianos, incluso en primera vuelta.

Más allá de que eso nos guste o no, creo necesario empezar a reflexionar sobre el rumbo que tomaría este país si ese escenario se materializa.

Personalmente no me asustan esos fantasmas que los profetas del desastre de la derecha y de la izquierda se han empeñado en soltar, como fórmula simple y efectiva para ganar votos fácilmente en un país donde la polarización es la medida exacta de la ignorancia.

Tengo claro que si Iván Duque gana no nos vamos a convertir de la noche a la mañana en Finlandia, ni vamos a tener aquí ríos de leche y miel. De la misma forma en que si Gustavo Petro triunfa, no vamos a amanecer al día siguiente expropiados y convertidos en la nueva Venezuela.

En gran medida porque, aún con todo lo que se le pueda criticar, tendremos un nuevo Congreso que reflejará tanto nuestra diversidad, como nuestra precariedad.

Quien llegue a la Casa de Nariño estará obligado, sí o sí, a concertar un acuerdo nacional que le dé margen de maniobra para empezar a gobernar. Pero es justo allí donde empieza mi preocupación.

La primera y principal tarea que deberá emprender el próximo Presidente será la de reconciliar a los colombianos. Y no me refiero a la idea idílica y estúpida de querer que desaparezca la necesaria oposición. No. A pesar de las heridas abiertas y de esa emocionalidad primitiva que suele definirnos como buenos colombianos, es absolutamente sano que este país tenga nuevamente un debate franco, abierto y civilizado entre ideas de derecha e ideas de izquierda, sin balas de por medio.

Hablo de la necesidad de sepultar esos odios heredados que llevan a muchos colombianos a ver como enemigo a quien piensa diferente. A querer, incluso, eliminarlo físicamente.

Y tal vez eso quiere el ciudadano Iván Duque Márquez. Por lo menos fue lo que interpreté de su discurso al ganar la consulta del 11 de marzo.

El problema es que si gana las elecciones, no va a ser él quien gobierne este país. No nos digamos mentiras: en un gobierno de Iván Duque quien realmente ejercerá el poder será Álvaro Uribe Vélez.

Los cuatro millones de votos que Duque logró el pasado 11 de marzo no fueron suyos. Le pertenecen al expresidente. Y eso implica muchas cosas en caso de que el Centro Democrático gane la Presidencia.

Iván Duque podrá querer reconciliar al país y apostar por pasar la página. Pero dudo mucho que su ‘patrón’ político quiera lo mismo.

Que a dos meses de las elecciones se sienta con el poder de amenazar a través de Twitter a un periodista y un medio que le han hecho oposición, como pasó el fin de semana, ya nos dice mucho de lo que realmente piensa y siente hoy Uribe.

Es ingenuo pensar que lo alienta solo el deseo de ‘sacarse un clavo’. Uribe quiere barrer con todo lo que, en menor o mayor grado, haya estado en contravía durante los últimos ocho años de su proyecto político. Y eso incluye, en primer lugar, el acuerdo que permitió desmovilizar a la guerrilla de las Farc y que nos ha ahorrado miles de muertos.

Me temo que lo que se avecina, en caso de que el uribismo gane, es una ‘cacería de brujas’ a todo nivel y una gran involución en el camino de buscar una nueva agenda nacional más allá del conflicto que nos desangró durante medio siglo.

Si las encuestas aciertan, a la Casa de Nariño llegará un joven bien intencionado, pero sin mayor experiencia en lo público, que empezará a gobernar bajo la enorme sombra y la fuerte presión de un hombre que sí sabe bien para qué es el poder.

Si algo nos quedó claro en ocho años de mandato es que Uribe no pide, ordena. No sugiere, decide la ruta. No espera, exige resultados. No concilia, impone. Está dispuesto a lo que sea para defender su proyecto.

Esa compleja personalidad en la que se funden la visión y las maneras de un patriarca bonachón y paternalista, un recio señor feudal y un hábil caudillo político, terminará por dejar sin autonomía al joven e inexperto nuevo Presidente.

La gran pregunta es si estará dispuesto a seguir cuatro años un libreto que no es suyo, o si tomará el mismo camino que tomó Juan Manuel Santos frente a Uribe. Sea como sea, pobrecito Duque. Porque una cosa es llegar a la Presidencia porque votan por uno. Y otra muy diferente, llegar porque uno fue “el que dijo Uribe”

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