Pequeñas cosas...

Pequeñas cosas...

Mayo 05, 2017 - 12:15 a.m. Por: Ossiel Villada

Por allá en 1971, cuando en Estados Unidos apenas se forjaba la prehistoria de internet, un joven catalán de sólo 28 años compuso una sencilla canción de apenas 1 minuto y 45 segundos que, a mi juicio, es tal vez una de las más poderosas que se haya escrito en toda la historia de la música en lengua hispana.

Y lo es por su simplicidad, su belleza y su profundidad. Tres rasgos que saltan a la vista en ella de forma simultánea, como si se tratara de una extraordinaria pintura hecha no con óleo, sino con notas musicales. Tres condiciones que, reunidas en un mismo objeto, tienen la capacidad de conectar al hombre con un grado superior de su conciencia, con una visión más noble y amplia de su existencia misma.

“Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia. Pero su tren vendió boleta de ida y vuelta. Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón…”

Yo no he logrado hacerle una entrevista a Serrat para preguntarle hacia dónde se encaminaban sus pasos cuando empezó a escribir eso.

Pero se me antoja creer que quizá estaba pensando en el futuro que nos esperaba casi 50 años después. Y se me ocurre porque es cada vez más evidente que estamos perdiendo de vista las pequeñas cosas de la vida por vivir bajo la dictadura de los tontos rituales y las trepidantes angustias que impone la tecnología, y particularmente Internet.

La última vez que lo vi fue hace dos días, cuando las páginas web de todo el mundo y las redes sociales se contagiaron de una histeria que casi rayaba en el pánico, por una caída del servicio de WhatsApp.

Durante un poco más de dos horas mil millones de personas sintieron como si hubieran perdido una mano, un ojo, el hígado, el control de la vida.

Esa es sólo una muestra. ¿Han notado cuál es hoy la escena típica en cualquier restaurante? Montones de personas sentadas en una misma mesa compartiendo muy animadamente... con su celular.

Y en la calle: un ejército de zombies que no concibe la idea de disfrutar una caminata sin despegar la vista de la pantalla. Y papás que prefieren perderse la emoción de un minuto maravilloso de sus hijos, que más nunca volverá, por subir cuanto antes la foto a Facebook.

Gente, en general, que siente que si no publica su vida paso a paso en las redes, no la está viviendo. La portentosa idea de la búsqueda de la felicidad, que impulsó los engranajes de la civilización durante siglos, reducida a la intrascendente idea de la búsqueda de un ‘like’.

Yo, que decidí reorientar mi vida profesional hacia el camino de Internet y tengo claro que no me devolvería, se los digo con claridad de conciencia: todo eso es una estupidez. Internet no es la vida. Ni la suple.

Un ejército de ‘speakers’ e ‘influencers’ muy bien pagados ha construido y difundido esa ‘narrativa digital’ que disfraza de innovación ‘fashion’ lo que en realidad es una terrible forma de auto-esclavitud.

Y en medio de ese discurso se está perdiendo el fondo, lo realmente importante: Internet es un maravilloso tren de alta velocidad que nos puede ayudar, dependiendo del uso que le demos, a ser mejores seres humanos de forma integral. De ese tamaño es. Nada menos. Pero nada más. No reemplaza la vida.

Ya supérenlo. Ni Facebook, ni Instagram, ni WhatsApp, ni Twitter, ni la realidad virtual son indispensables para vivir. Úsenlos, pero conscientemente. Intenten desconectarse alguna vez para volver a tocar cada palmo de la piel de la vida real que se están perdiendo. Intenten comprender de una vez que lo que durará muchos años es Internet, no ustedes.

Utilicen la web para formarse e informarse, para reír, trabajar, soñar, para ganar dinero. Para acercar a quienes están lejos, pero no para alejarse de los que están cerca.

Allá afuera sigue estando la vida. Con todas esas pequeñas cosas que nos estamos perdiendo y que “hacen que lloremos cuando nadie nos ve...”

(... Y de fondo suena la melodía de 'Aquellas pequeñas cosas'. Joan Manuel Serrat - Album: Mediterráneo, 1971) 

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