De la calle y la soledad

De la calle y la soledad

Febrero 22, 2018 - 11:40 p.m. Por: Ossiel Villada

Es la imagen común de un hombre de la calle como cualquier otro. Casi una postal de este tiempo nublado que nos tocó vivir. Adentro un lugar sombrío. Uno de esos espacios cuadriculados, impersonales, poblados de neón y vacío. Afuera la noche, la ciudad de pobres corazones, el frío.

Sentado justo en el centro de una larga fila de sillas y mesas está él. Imposible no advertir la huella que largas horas de batalla han dejado en su figura. Ligeramente corvo, sin anteojos, en atento reposo. Una corona de hojas blancas en su brillante cabeza y una cerveza en la mesa.
Sí, está solo. Es el hombre de la calle y está solo. Pero quien publicó la fotografía en redes sociales asumió que la soledad es el reflejo de un cierto estado de debilidad. Casi el sinónimo de una miserable orfandad. El anticipo de una derrota.

A eso nos han llevado estos tiempos de maldad instantánea y realidad virtual. A creer que lo normal, lo bueno, lo deseable, es estar siempre acompañado; debidamente situado en medio del rebaño, con sonrisa de promesa electoral, dispuesto para cazar el ‘Me Gusta’ ocasional.
Pero el hombre de la calle sabe que no hay mayor mentira. Que la soledad es y será siempre, como bien lo advirtió Álvaro Mutis, “nuestra más íntima esencia”.

Y sabe que hoy por hoy, en estos tiempos grises que nos condenan a vivir siempre conectados, la soledad es ante todo una conquista, un triunfo que merece ser celebrado.

Miro la imagen y se me ocurre pensar que no está solo. Porque los hombres de la calle son siempre la suma de muchos otros hombres y mujeres. Y tal vez en ese mismo instante, aunque no salgan en la foto, lo rodean sus hijos y sus nietos. Sus vivos y sus muertos. Sus vecinos y sus abuelos. Sus viejos dolores y sus nuevos sueños.

Yo no lo conozco. Ignoro si se encamina hacia el triunfo o la derrota. Y supongo que a la vuelta de la esquina le esperan otras emboscadas. Pero se me ocurre pensar que este país es bello, y todavía es posible, porque está lleno de gente como él. Gente simple que no se pasa la vida posando. Y que quizá valdría la pena sumarlos a todos para intentar darle a Colombia un destino distinto al de Cien Años de Soledad.

Son héroes anónimos que no pertenecen al ‘Cartel del Golfo’ ni al de la ‘Toga’. Hombres y mujeres que resisten en la trinchera de la decencia, que soportan cada día la desidia absurda de las EPS y la desvergüenza cínica del Icetex; ciudadanos de a pie que no necesitaron matar ni secuestrar para defender sus ideas; personas con las manos limpias que pagan impuestos y no negocian su conciencia; colombianos sencillos que no predican la oración del odio ni practican el ejercicio de la venganza.

Aprendieron las sabias lecciones de la carencia y no quieren que les pinten pajaritos en el aire. Desprecian las promesas politiqueras y no esperan que nadie venga a salvarlos de monstruos inexistentes. Creen en el poder de lo colectivo, en hacerse responsables de sí mismos.

Rechazan toda forma de violencia. Saben que la reconciliación es la única vía para avanzar, pero reclaman castigo para los verdugos y justicia para las víctimas. A pesar de todo, están dispuestos a intentar una fórmula de felicidad imperfecta en la que quepamos todos.

Colombia está llena de esa gente. Millones de mujeres y hombres de la calle que piden menos fusiles y más libros. Más oportunidades y menos subsidios. Más abrazos y menos rencores. Gente que se da el regalo de una cerveza fría al final del día. Que ríe y llora y baila y le pone a su corazón herido el ritmo de un tambor Batá. Gente que, como cantó la bella Soledad, “nos renueva la pequeña esperanza de un día vivir en paz”. ¡Salud por ellos!

(... Y de fondo, dedicada a toda la gente de la calle que apuesta por la construcción de un nuevo país, queda la melodía de 'Gente'. Soledad Giménez y Presuntos Implicados - 2009)

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