Votos en el aire

Junio 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La mitad de los votos de la reciente elección presidencial tiene una precaria representación en el Congreso de la República. Es curioso que ese hecho no sea de interés para quienes proponen ahora reformas políticas. Tampoco, hay que decirlo, existe interés en corregir algo aún más grave: que por culpa de la circunscripción nacional casi la mitad de los departamentos no tengan representación en el Senado. Una y otra cosa llevan a que el Congreso no cumpla su función democrática esencial: ser un cuerpo representativo de los diferentes intereses y regiones. La primera situación nace del hecho de que la elección del Presidente no coincida con la del Congreso, como sucedió hasta los años 70, cuando se separaron con el argumento de que los parlamentarios iban a remolque del prestigio de los candidatos a la Presidencia, lo cual es un absurdo, porque la política consiste precisamente en que ambos adelanten su trabajo conjuntamente y el resultado de la elección presidencial refleje la composición del Congreso con el cual va a trabajar el Presidente. El argumento más serio para defender la separación de las elecciones es que si el Presidente es elegido por una gran mayoría, con la consecuente mayoría parlamentaria, la situación de los grupos minoritarios se vuelve muy difícil. Es un argumento débil porque en los parlamentos de todas partes son las mayorías las que deciden, con respeto por los derechos de la oposición. Menos importante aún en una situación de pluripartidismo y de dos vueltas presidenciales, en la cual si coinciden las elecciones del Congreso con la primera vuelta presidencial, la composición del Congreso va a ser un reflejo de las coaliciones que se realicen para la segunda vuelta. El 51% de los votos que consiguió Juan Manuel Santos no representan ese 51% de opinión en el Congreso, puesto que es claro que en su elección tuvieron gran influencia los votos de sectores independientes y de izquierda cuya representación parlamentaria es reducida, y el grueso de la representación la tiene la Mesa de Unidad Nacional, que tuvo un pobre desempeño en la primera vuelta presidencial. Y en la otra orilla, el 45% de la votación por Óscar Iván Zuluaga no refleja ni de lejos la representación que su partido el Centro Democrático tiene en el Congreso, que no pasa del 14%. Con la paradoja de que los parlamentarios del Partido Conservador apoyan al Gobierno mientras los votos de la candidata de ese partido fueron de oposición. Un gran divorcio entre la opinión y la representación.Como tenemos un régimen presidencialista, el factor de equilibrio al exceso de poder del Presidente debería ser que la composición del Congreso refleje exactamente las fuerzas que lo apoyan o se le oponen, que es lo que sucede en los regímenes parlamentarios donde la cabeza del Gobierno es simplemente una consecuencia de las mayorías parlamentarias. Los casi siete millones de votos del Centro Democrático son un llamado de atención, no obligatorio, al ajuste de algunas de las políticas de la coalición triunfadora. Pero son votos sin una representación proporcional. Los 20 senadores del Centro Democrático, elegidos con dos millones de votos, son una minoría sin mayor manejo parlamentario por más ruido que hagan. Y cinco millones de votos quedan en el aire. Lo cual no parece justo ni conveniente. Ni para los que ganan ni para los que pierden.

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