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Julio 16, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos, TLC en español, y TPA, en inglés, fue firmado el 27 de febrero de 2006, después de 21 meses de negociaciones, lo cual suma cinco años y medio hasta la fecha. El 14 de junio de 2007, hace cuatro años, fue ratificado por el Congreso de Colombia. Su ratificación está pendiente en el Congreso de Estados Unidos, al cual fue enviado en abril del 2008 por el presidente republicano George Bush y embolatado por doña Nancy Pelosi, líder demócrata de la Cámara. En el entretanto cambiaron los presidentes de los dos países y la composición de los respectivos Congresos. Después de muchos ires y venires, que obedecieron principalmente a avatares de la política interna norteamericana, parecería próxima la fecha de su ratificación, lo cual obliga a volver a leer el acuerdo, del cual ya nadie se acuerda, y puntualizar cuáles pueden ser sus consecuencias buenas y malas para los colombianos.Por el tratado Colombia otorga a Estados Unidos acceso inmediato al 81,8% de las importaciones norteamericanas, de las cuales 92,5% corresponden a materias primas y bienes de capital no producidos en el país. Se supone que la producción nacional está en condiciones de competir con el 7,5% restante. De otro lado, el 99,9% de la oferta industrial de Colombia tendrá acceso al mercado de Estados Unidos y se establecen mecanismos que, se supone, protegerán la producción agropecuaria nacional y otros sectores sensibles. El debate que en su momento suscitó el tratado sigue vigente y podría resumirse así: el TLC favorece la modernización del sector productivo y de servicios, particularmente de las empresas que ya hacen parte del sector moderno de la economía; perjudica las actividades que no están en condiciones de competir con productos y servicios norteamericanos; y de todas maneras exige un esfuerzo nacional para proteger sectores que podían ser arrasados, para reconvertir otros y para desarrollar una infraestructura que permita competir adecuadamente. En todos esos años de espera no es mucho lo que se ha avanzado en esos temas. La Agenda Nacional de Competitividad que era una serie de medidas de desarrollo de infraestructura, puertos, carreteras, sistemas de transporte, e identificación de sectores competitivos para estimularlos, está muy retrasada por decir lo menos; y la protección prometida a empresas que podrían verse perjudicadas en el sector agropecuario, especialmente productores de algodón, maíz y trigo, terminó en el escándalo de Agro Ingreso Seguro. De otro lado la negociación de una protección de propiedad intelectual más estricta que la de la Organización Mundial de Comercio, podría afectar asuntos tan delicados como el precio de los productos farmacéuticos. El efecto de esos tratados a lo largo del mundo es diverso. A veces funcionan y a veces no. Su éxito está muy basado en el bajo costo de la mano de obra del país que lo firma, lo cual hace muy atractivas sus exportaciones. En el caso Colombiano implica un sacrificio fiscal enorme al reducir los aranceles en cerca de US$800 milllones anuales, aunque vuelve permanente los beneficios transitorios de la ley de preferencias Arancelarias, Atpdea. El tío Baltasar, que sobre economía mucho ignora, dice que el TLC abre al país más hacia adentro que hacia afuera, con los efectos que ya conocimos en los años 90, y por lo tanto, recomienda a los más pobres, los menos educados, los informales, y los pequeños empresarios urbanos y rurales, tenerse de donde sabemos.

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