Vino añejo, odres nuevos

Julio 07, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Los tanques de guerra arrasan las alambradas y aplastan a los soldados, explosiones y sangre, y una oración nacida del terror detenida por la muerte. ¿Escenas de una película de acción? Nada que se le parezca: Ricardo III, dirigida por Richard Loncraine, y Coriolano, dirigida por Ralph Fiennes, de William Shakespeare, en sus versionas fílmicas de 1995 y 2011, respectivamente; la primera, que trascurre en la Inglaterra medieval, montada en el escenario imaginario de una Inglaterra dominada por el fascismo en los años 30; la segunda, que transcurre en la Roma antigua, montada en algo parecido a la guerra que disolvió a Yugoeslavia. El texto adaptado a las necesidades de la cinematografía pero aún el mismo que ha deleitado a los amantes del teatro por varios siglos. Ambos sobre un tema eterno: la traición. La hechicera levanta sus brazos sobre el monte más alto de la isla perdida y desnuda, y lanza su conjuro, para desatar sobre el mar la furia de los elementos. ¿Escenas de una película de fantasía? Nada que se le parezca. La Tempestad, de William Shakespeare, llevada a la pantalla en 2010 con Próspero convertido en una mujer: la Duquesa de Milán, destronada por su cuñado y exilada a ese sitio olvidado de Dios, cuyo único habitante monstruoso, Calibán, esclaviza. Y otro tema eterno: la venganza. Técnicas modernas y textos antiguos. ¿Puede sobrevivir la alta cultura ante el embate de la tecnología? ¿O es el mensaje tan poderoso que puede expresarse con cualquier medio y nutrirse de él?Shakespeare pasa bien la prueba en estas tres películas, con actores ingleses de primera magnitud, todas éxitos de la crítica, que son en el fondo un esfuerzo por captar un nuevo público utilizando el cine, el medio de expresión artística contemporáneo por excelencia, que de alguna manera pone en evidencia lo anticuado y limitado de la puesta en escena tradicional. Y la causa perdida de creer que las grandes obras de la cultura no pueden ser alteradas por los nuevos medios técnicos disponibles para nuevas audiencias. Ya habíamos visto la versión pandillera de Romeo y Julieta hecha por Baz Luhrmann en 2007, con Leonardo Di Caprio en el papel principal, situada en la Florida de los años 60. Casi un sacrilegio, que tuvo éxito en audiencias juveniles, que aprenden los textos en la escuela para su desesperación, pero que amaron a esta pareja de adolescentes de la imaginaria Verona Beach, que pronunciaban los textos isabelinos con acento norteamericano. Tal vez demasiado para una mente conservadora, que considere que esa clase de profanaciones técnicas deben hacerlas solamente los ingleses.Pero la idea central de lo que el mundo moderno está haciendo con las obras de William Shakespeare, quien resumió en ellas todos los sentimientos humanos y todas las pasiones para siempre jamás, es la más clara demostración de que la alta cultura es un organismo vivo y cambiante, y que la técnica que la produjo es sólo el vehículo de su mensaje inmortal, para el conocimiento de todos. Claro que el otro extremo exclusivo aún existe. Usted puede toparse en una tarde dominical en Oxford con una representación del Mercader de Venecia, con trajes de la época, y recuperar el placer original de los asistentes a El Globo. Pero, es como tantas cosas, la ópera, las corridas de toros, la música con instrumentos antiguos, un gusto para especialistas; esas pequeñas aberraciones del alma sin las cuales nos es tan difícil vivir, mientras a nuestro alrededor se habla otro lenguaje que estamos obligados a entender, para ser cultos.

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