Vena rota

Mayo 14, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Si se quisiera identificar dónde está la principal dificultad para que las universidades públicas cumplan con su misión formativa de modo incluyente, es decir dándoles reales oportunidades de educación superior a aquellas personas que normalmente no podrían acceder a ella, podría decirse que esa dificultad, casi más que la escasez de recursos estatales, es el fracaso estudiantil. Las cifras son uniformemente escandalosas, porque son las mismas en las universidades públicas o privadas, y en todas las carreras. En algunas como las ingenierías, son aún peores. Entre el 40% y el 60% de los estudiantes universitarios se retiran antes de llegar al cuarto semestre. Reducir el tema a la escasez de recursos de los estudiantes, siendo como es un factor importante, es simplificar un asunto complejo en uno de sus elementos, lo cual crea la ilusión de que se puede solucionar con dinero. Si los responsables de la política pública en materia de educación superior llegan a la conclusión de que los altísimos índices de fracaso universitario son por falta de recursos, como sucede con el proyecto gubernamental de reforma de la Ley 30, cuyas falencias parecen no terminar nunca, la solución es obvia: más crédito educativo. Lo cual probablemente termine con un estudiante fracasado y endeudado.Existe un perfil del estudiante con probabilidades de fracasar, según un estudio realizado por profesores de la Universidad del Valle: graduado demasiado joven de bachillerato, con padres de poca educación, perteneciente a un grupo social minoritario o a una población de alto riesgo, lejos de su casa, con una difícil vida familiar, de bajos ingresos y proveniente de un colegio de mala calidad. La falta de dinero es tan importante como su entorno social y familiar, y la calidad de la educación que ha recibido. Como así llegan muchos a la universidad, sólo con un programa integral de bienestar estudiantil, consejería, nivelación académica y crédito educativo, podría de verdad adelantarse una batalla frontal contra el fracaso. Les toca a los jóvenes universitarios reinventarse como estudiantes, aprender a aprender para remontar la desastrosa educación que reciben en el bachillerato, sin mayores exigencias ni técnicas de aprendizaje, entrenados para responder a un examen del Icfes, que no es un buen indicador de sus eventuales competencias en una carrera específica. Y a los profesores completar lo que no se hizo en el bachillerato.La fallas protuberantes de los primíparos son en comprensión de lectura, matemáticas e inglés, o sea las tres herramientas necesarias para incorporarse a la sociedad del conocimiento. No en balde ese tránsito es tan difícil. La idea de establecer un ciclo de estudios básicos, acorde con el área de interés del estudiante, puede ser un instrumento que marque la diferencia entre el éxito y el fracaso profesional. De hecho, las estadísticas sobre cobertura de la educación superior, deberían medir el número de graduados, no el aumento de la matrícula. Sincerar las cifras, como se dice ahora, pues no se puede plantear el éxito de política de educación superior sobre el incremento de matriculados en los programas técnicos del Sena. La verdadera revolución sería bajar drásticamente los índices de fracaso universitario y si hay un reto prioritario para la universidad colombiana, es ese. Es allí, y no en un problema de eficiencia administrativa, donde está la vena rota de los recursos universitarios públicos, tan escasos.

VER COMENTARIOS
Columnistas