Una guerra civil

Una guerra civil

Febrero 28, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Como las actas oficiales que recogen episodios históricos no pueden decir más que lo que está escrito en ellas, de la lectura del acta del Cabildo de Santiago de Cali del 3 de julio de 1810 se desprende con claridad que dicho cabildo reconoce la legitimidad del Rey Fernando VII y del Consejo de Regencia de Cádiz, como lo hará Santa Fe el 20 de julio, y a diferencia de lo sucedido en Quito, en agosto de 1809, y en Caracas en abril de 1810, cuando no se aceptó al Consejo de Regencia, aunque se juró lealtad al Rey. Tampoco se desconoce la autoridad real en el acta del 1 de febrero de 1811, por la cual se constituye la Junta Provisional de Gobierno de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca, que une fuerzas contra la Gobernación de Popayán. Así que el Cabildo de Cali lo que desconoce es la autoridad de Napoleón; y la Junta Provisional lo que desconoce es la autoridad del Gobernador de Popayán, a la espera de que el Virrey instale en Santa Fe una Junta Superior de Seguridad Pública, con participación de todos los cabildos en pie de igualdad. O sea, el primer caso es un acto en defensa del legítimo soberano y el segundo una guerra civil, que se resuelve en un fracaso militar para las Confederadas. Armando Barona Mesa ha escrito un libro estupendo, en prosa impecable, con una versión patriótica de esos episodios en la cual sustenta el tema de Cali como precursora de la Independencia. Ofrece una relación muy documentada de los hechos, leyendo las actas entre líneas, para apoyar su tesis; pero en un acto de honestidad intelectual, transcribe los textos de todas las actas mencionadas. El asunto podría mirarse desde la perspectiva española. Napoleón, quien había solicitado permiso para que sus tropas transitaran por España, con miras a repartirse con ésta a Portugal, aliado de Inglaterra, termina apoderándose de Fernando VII y de su padre, Carlos IV, quien había renunciado al trono. En Bayona, en mayo de 1808, el Rey es obligado a abdicar en su padre, y el padre a abdicar en favor de Napoleón, quien nombra Rey de España a su hermano José. En España por iniciativa de las provincias se constituye una Junta Central y luego un Consejo de Regencia, arrinconado en Cádiz, sin territorio para gobernar, como el propio monarca destronado. El Consejo solicita el pronunciamiento de las provincias de ultramar, y es cuando sale a relucir en América el legado de dos sacerdotes eminentes: Francisco de Vitoria, dominico, y Francisco Suárez, jesuita, que llevan doscientos años muertos, cuyas doctrinas dictan que la soberanía reside en la nación, no en el soberano. Es la nación (el territorio y sus gentes) la que da la legitimidad al soberano, no Dios, y todas las naciones tienen derecho a darse su propio gobierno, como lo expresa de Vitoria en sus Justos Títulos. Sin territorio no hay soberanía, teoría que es la base del desconocimiento, que después se volvió general, del Consejo de Regencia, constituido de modo arbitrario. Pero en Cali, en esos días inaugurales, en los cuales se defendían los derechos de los criollos frente a los peninsulares, nunca se negó la lealtad al Rey. En diciembre de 1813 un Napoleón expulsado de España le devuelve el trono a Fernando VII quien era 'El Deseado' y de la mano del absolutismo termina siendo 'El Felón', cuando ya la Independencia ha adquirido una dinámica propia. Pero esa es otra historia.

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