Un rasgo de carácter

Un rasgo de carácter

Junio 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Franklin D. Roosevelt decía que el ejercicio de la Presidencia era ante todo una cuestión de carácter. El Presidente no debía saber de todo, ni ser infalible, sino hacer sentir a los ciudadanos que había una persona responsable al mando, que iba a tomar la mejor decisión posible sobre todos los asuntos, aunque se equivocara. Fue lo que hizo a lo largo de sus cuatro mandatos, hasta la muerte en la silla presidencial, con la política del Trial and Error, que podría traducirse en: ensaya hasta acertar. El tema de la paz política en Colombia no es la primera preocupación de las mayorías urbanas, que viven el conflicto armado como si sucediera en un país extranjero, porque ni las toca, ni destruye sus fuentes de trabajo y eventualmente las beneficia con los efectos del gasto militar sobre la economía. Como decía Keynes hablando de la prosperidad norteamericana de mediados del Siglo XX, no hay negocio más rentable que una guerra que no destruye el aparato productivo de quien la declara. Así que poner la paz política a la cabeza de la agenda nacional requiere un enorme grado de responsabilidad y compromiso, no con el presente inmediato, donde puede percibirse como un gran riesgo, sino para el futuro. Imponer una agenda necesaria pero ignorada revela una fuerza de carácter. Se necesita el carácter del que hablaba Roosevelt para arriesgarse en un proceso de paz, reservado, preciso, en contravía de una formidable oposición guerrerista, sin cese al fuego. Como nada está acordado hasta que todo esté acordado, la guerra sigue igual como siempre con sus infames emboscadas a soldados y policías, y toda la degradación humanitaria posible, pero también con una ofensiva sostenida y triunfante de las Fuerzas Armadas. Ese escenario juega en contra del proceso puesto que si hoy se suspendiera, todo seguiría igual: esa macabra y costosa normalidad a que nos hemos acostumbrados los colombianos para quienes la guerra lejana es ya parte de un paisaje antiguo que no conmueve. Se requiere tener una visión de futuro para entender una verdad enorme en su simplicidad: que la paz política es la base esencial de toda sociedad y buscarla, cuando no existe, el primer deber de todo gobernante. A esa visión se opone la de quienes consideran que no existe en Colombia un conflicto armado, que responda a necesidades populares políticas y económicas insatisfechas, sino una amenaza terrorista que hay que arrasar a sangre y fuego, y que la paz no es una prioridad para la ciudadanía.Las dos posiciones son un buen ejemplo de cómo dos líderes políticos que buscan la Presidencia de la Nación, expresan su carácter; y el enfoque de ese problema, es un indicio de cómo enfrentarían los demás: reconociendo la realidad o negándola; defendiendo la concordia ciudadana o la ideología; integrando las partes de un conflicto o disociándolas; con pragmatismo o con dogmatismo; con independencia personal y política o sin ella; con una prudente política de buen vecino o cerrando las fronteras a los adversarios; con un ejercicio democrático respetuoso de la oposición, de los demás poderes públicos y de la prensa o con un sentido totalitario del poder; con respeto por la minorías o con la imposición de un credo moral a las política públicas; con un talante liberal o conservador. Es lo que está en juego en la elección de mañana donde la primera de todas esas opciones la encarna Juan Manuel Santos.

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