Un primer paso, de mil

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Al igual que la belleza, la paz está en los ojos del...

Un primer paso, de mil

Septiembre 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Al igual que la belleza, la paz está en los ojos del observador y puede significar cosas muy distintas. En la vida comunitaria existen la paz política, la paz pública y la paz social, todas ellas muy distintas pero encadenadas. Una definición aceptable para la paz política es el estado en el cual la sociedad resuelve sus conflictos a través de mecanismos no violentos. Es un proceso de negociación que se da principalmente en el poder legislativo en sus diferentes niveles, pero puede tener otros escenarios de participación social, que permitan que los acuerdos a que se llegue sean respetados por la mayoría. Su custodia es responsabilidad de las Fuerzas Armadas, que tienen el monopolio de la fuerza. La paz pública se podría definir como la tranquilidad ciudadana. La existencia de unas condiciones mínimas de seguridad que garanticen los derechos básicos: la vida, la seguridad de las personas y los bienes, el funcionamiento normal de la vida cotidiana. Su custodia es responsabilidad de la Policía, como fuerza civil armada. La paz social es otro nombre para la justicia. Consiste en el ejercicio real de los derechos ciudadanos nacido de la equidad en el reparto de los bienes y las oportunidades. Su custodia es responsabilidad de las políticas públicas. Así las cosas, ¿de qué se habla en La Habana?Es importante precisar el alcance de las conversaciones de paz para no pedirle al complejo proceso que se inicia lo que no puede dar. No va salir de allí una sociedad más equitativa aunque su no existencia sea causa de muchos conflictos sociales. No van a salir de allí unas comunidades más seguras, aunque desarmar los conflictos sociales es un paso gigantesco para la construcción de la seguridad nacional. La violencia que genera el narcotráfico y la intolerancia continuará, alimentada además por los desmovilizados que se dediquen a delinquir. Es decir, la terminación de un proceso de paz exitoso entre el Gobierno colombiano y las Farc es solo el primer paso de los mil que hay que dar para recuperar la paz en lo político, lo público y lo social.Sin dar ese paso, pueden suceder y han sucedido cosas importantes en esos tres campos. Ha habido una apertura política nacida de la Constitución de 1991, que ha permitido la presencia de nuevas fuerzas sociales en el debate público; ha habido un fortalecimiento de la seguridad rural y urbana, a pesar de la precepción de lo contrario; y han existido políticas públicas que han fortalecido el tejido social, disminuido la pobreza, y aumentado el bienestar general. Todo lo cual quiere decir que las Farc ni son el origen de todos los males ni la fuente de todas las soluciones. Por el contrario, podría decirse que su carácter anacrónico, nacido de los procedimientos que han utilizado para tratar de llegar al poder político, de su propia ideología totalitaria y del desapego nacional a su causa, la convierten en un asunto casi marginal, frente a los problemas y las soluciones de la Colombia contemporánea. Pero son una fuerza poderosa y destructora que hace mucho daño, cuya desaparición como ejército revolucionario para convertirse en fuerza política podría contribuir, en el tiempo y en grado importante, a afianzar la paz política, pública y social.Colombia puede seguir viviendo con las Farc levantadas en armas, pero viviría mejor con ellas convertidas en fuerza política, una decisión nacional que es autónoma frente a la comunidad internacional. Como dicen los chinos, un camino de mil kilómetros comienza con un paso, que debe darse.

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