Un olor a lavanda

Diciembre 06, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Cuando Felipe de Orleáns, hermano de Luis XIV, se casó en 1671 con la princesa Palatina, Elizabeth de Baviera, se dijo que era la boda de una libélula con un jabalí. Sólo que la libélula era el Duque de Orleáns, afeminado, afectado, travestido, y el jabalí la Palatina, gorda, enorme, de armas tomar. “Cómo pretenden que me acueste con eso” dijo el Duque cuando la conoció. Sin embargo, fueron felices en una época en que reinaba el matrimonio por conveniencia, infortunadamente en desuso. Uno de sus hijos fue Regente de Francia, durante la minoría de edad de Luis XV. Se decía que el Duque necesitaba en la cama la presencia de un tercero más de su gusto, para poder cumplir con sus obligaciones conyugales.No fue menor la sorpresa de la reina Isabel II de España, obligada a casarse en 1846 con su primo Francisco de Paula, Duque de Cádiz, más conocido como Paquita. “Tenía puestos más encajes que yo” dijo de su noche de bodas. El matrimonio fue producto de una larga negociación donde intervino todo el mundo menos la novia. Debía satisfacer a todas las corrientes políticas; acabar con las aspiraciones Carlistas al trono, que venían desde la abolición de la Ley Sálica por la pragmática sanción de 1830, que permitió a Isabel ser reina por encima de sus parientes varones; y que el candidato no tuviera derechos sucesorios en otras cortes europeas. El Duque era por completo insignificante y orinaba sentado. Isabel por su parte era un poquito ninfómana. Se dice que se turnaban los oficiales más apuestos y que Alfonso XII, el heredero, podía haber sido hijo de cualquiera menos del marido. Al comenzar el siglo XX esas uniones, que las había muchas, de menor categoría aristocrática que las descritas pero que servían con comodidad a los intereses de los contrayentes, se denominaban Matrimonios Lavanda (Lavender Marriages). Los más famosos fueron, en Inglaterra, el de la escritora Vita Sackville-West y Harold Nicholson, ambos homosexuales. Vita, amante de Virginia Woolf, cuyo matrimonio era parecido. Y en Francia, el de Winnaretta Singer, heredera de la fortuna de máquinas de coser, con el Príncipe Edmond de Polignac, ilustrísimo y sin un peso. Ella lesbiana, él un dandy amanerado, que hacía corte con el conde Robert de Montesquiou, en un círculo de homosexualidad que abarcaba una buena porción de los artistas de la época y que inmortalizó Marcel Proust, que los conocía a todos, en “A la búsqueda del tiempo perdido”.Todos fueron matrimonios duraderos, basados en la mutua conveniencia, sin interferencia del sexo, que hace estragos en la amistad. Uno fue particularmente desdichado. El de Constance Lloyd y Oscar Wilde. Ella se casa con él, que era un hombre culto y encantador, a sabiendas. Todo va bien hasta que Wilde conoce a Lord Alfred Douglas, que cumple la sagrada función de un amante exigente: arruinarlo. Constance desempeña su papel de leal defensora de su marido, protectora de sus dos hijos, que se cambian el apellido después del escándalo. Le pone, sin embargo, como condición a Wilde para seguir apoyándolo que abandone a Douglas, condición que él no cumple. Viola Wilde la regla de oro de los matrimonios por conveniencia: respetar las formas. Acaba de publicarse la biografía de Constance por Fanny Moyle, un libro triste con un final trágico, que nos devuelve a esos tiempos de matrimonios con olor a lavanda, que no han desaparecido del todo.

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